Carta estelar de la memoria

Ficción | Neurología y astrofísica glosadas para quienes se dicen adiós



I – Comenzando desde un final

Menudo respingo has dado al empezar a leer mi carta, pero es normal, son muy pocas cartas las que empiezan con una firma y una despedida.

Con el tiempo entenderás por qué esta carta está escrita en sentido inverso y por qué algunas frases tienen las palabras desordenadas, como si estuviesen impregnadas de un 'hedor hiperbatónico'.

Pero te aseguro que no lo he hecho con ningún afán artístico: te he escrito esta carta para informarte de algo muy serio que he descubierto y está escrita de la única forma en que puede explicarse algo tan complejo.

Y bien, ¿por qué no sigues leyéndola? Adelante. ¿Que no te atreves, dices? ¡Vamos, vamos! No tenemos todo el día, déjamela, anda, tendré que leértela yo:

«[Firma incomprensible del profesor.]

 »Amigo querido hasta siempre. A ti me dirijo con esta misiva para texplicar lo que he descubierto: el mapa completo de un cerebro.

Ha sido el trabajo de muchísimo tiempo: tantos días que se remontan más o menos al día en que tú y yo nos conocimos. ¿Te acuerdas de aquel día? ¡Dios santo, me acuerdo que si te acuerdas, sí lo recuerdas: tan bien como yo! Y tanto como nos ha ocurrido a ambos desde entonces: tantas noches de eufóricas conversaciones y tantos días encerrados esperando que llegase la noche, y así al tiempo del cabo.

Lo que quizás no sepas (aunque, como conócesme, lo imaginaraste) es que todos esos días los pasé encerrado en mi laboratorio investigando y trazando este mapa del que te hablo: el cerebro todo y las conexiones neuronales todísimas, en un sólo mapa ha quedado ello trazado y explicado al detalle por mí.”

[El profesor levanta la vista de la carta y busca tu mirada.]

Pero esto no es todo, colega, mi descubrimiento un paso al más allá ha ido: con otro de mis experimentos (a base de indagar en los recuerdos de mis conocidos) he llegado a la conclusión de que, sí, es cierto eso que dicen: a todas nuestras vivencias pasadas pueden acceder nuestros pequeños cerebritos. A todas, sin excepción: incluyendo aquellas que a priori has olvidado pero que un día podrías volver a recordar usando tan sólo tesón y mentalización: desde el primer beso de tu madre hasta las más oníricas de tus visiones a través del líquido amniótico.

Ya sé lo que me vas a preguntar, tu mirada indagadora es clarividente, pero ya te contesto de antemano: no, en el mapa del cerebro al completo no se encuentran todos los recuerdos de una vida (o séase, los recuerdos perdidos no están físicamente en el cerebro) y, sin embargo, cualquier persona es capaz de remontarse a cual¬quier recuerdo de su vida anterior (o séase, mientras los recuerdos que sí recordamos están físicamente en el cerebro, los recuerdos 'durante un tiempo olvidados' están en algún sitio que... no es el cerebro).

Ya, miras a otro lado, como pensando: «Entonces algo se te ha escapado, entonces no has trazado con toda determinación el mapa del cerebro, porque los recuerdos 'durante un tiempo olvidados' o están físicamente en el cerebro o están... 'perdidos para siempre'».

Estas dudas tuyas, esta desconfianza de que haya algo, siquiera algo, que no esté comprendido por la ciencia pero tampoco por la religión o la filosofía, son comprensibles teniendo en cuenta dónde nos hemos criado: en el mundo positivista en que se cree que todo puede ser concebido, y más aún, que todo puede ser explicado; en el mundo en que el pensamiento ilustrado dijo una vez «todo debe ser puesto en duda», pero que obvió que, por la misma lógica, «hasta un pensamiento ilustrado debe ser puesto en duda».

Mira, lo que tengo aquí detrás de mí es la aeronave del conocimiento inventado.

Te he traído aquí no sólo para que leas mi carta, sino para que me acompañes en este viaje a través del mapa de un cerebro de ejemplo (un ameno periplo a través de la memoria de alguien), para que vuelvas a poner en duda tus dudas (sobre ti, sobre tu historia, sobre la historia de todos, sobre todo) y te vuelvas a casa, esperemos, con más dudas de las que traías, pero con más dudas aclaradas de las que traías sin aclarar.

Vamos, sube. Quiero enseñarte dónde están los recuerdos que no están en el cerebro, pero que sin embargo existen.

¿Te ríes? ¿Por qué? ¡Ah, por el nombre! Ya, inventado suena fatal, pero no tuve más remedio que bautizar así a mi aeronave.

En cierta forma, tu mofa es comprensible, a cualquier persona a la que le narres algo inventado desde un principio se atrincherará defensivamente en la posición del que escucha pero con recelo, que por una oreja le entra y por otra le sale lo que no es sino pura invención y que por ende nunca será aplicable con utilidad a una vida racional.

Pero, colega mío, ésta es la insalvable dicotomía de la palabra invento: lo que un día era la idea de un majadero, lo que un día era un mero invento, otro día pudo ser algo confirmado, un invento útil que queda ya en nuestras vidas como algo ya inventado y de un uso rutinario; los inventores, por supuesto que un día fueron locos, pero sólo alguien verdaderamente loco podrá concluir si mañana serán considerados locos o bien... genios. Porque una única cosa es cierta en este escenario de debate: ningún ser racional conoce el futuro.

Cierra la compuerta, por favor, y sigamos leyendo mi carta.




II – Aeronave del conocimiento inventado

[Una voz resuena apantalladamente entre las mamparas de la cabina mientras la aeronave despega de la superficie y empieza a dirigirse hacia algún lugar. El profesor está a tu lado manejando una peculiar palanca con forma de puño cerrado: un latigazo recorre tu espina dorsal justo cuando te das cuenta de que la nave no está hecha de metal o plástico, sino de carne y hueso, pero para entonces no hay vuelta atrás y ya se está leyendo la carta:]

 «¿Qué tamaño tendría el mapa de un cerebro? Ahora estarás ya subido en mi aeronave y probablemente estés pensando: "El profesor me llevará ahora a enseñarme una cartulina donde habrá dibujado una neurona junto a otra y otra en un alargado entramado, sí, o quizá no haya cartulinas tan grandes, en ese caso lo habrá dibujado en una larga tela o más que en una tela en un telón, claro, eso es, en un telón tan alto que más que con una escalera de mano debiese ser contemplado con una... aeronave."»

Pues no, colega mío, nos dirigimos hacia las estrellas: hacia el universo entero. Tú que te haces preguntas sobre todo, tú que dudas sobre todo (aunque no dudes sobre las dudas), ¿no te has preguntado nunca por qué hay tanto parecido estructural entre una neurona y una acumulación de estrellas? No es sino por lo siguiente: un cerebro contiene tantas neuronas como acumulaciones estelares contiene el universo.

Dirás: «¡no, no! ¡Eso es un imposible, un mero invento! ¡Un cerebro, a nivel dimensional, no es sino una diminuta nuez comparado con el continental bosque de nogales que representa el universo!».
Sí, amigo, ¿pero y la densidad? Considera primero el vacío interestelar, el espacio entre nogales, y luego considera las neuronas milimétricamente aunadas, las foliadas nueces colgando de la misma rama: entiende que, si observamos a través del prisma de la densidad de acumulaciones estelares y  neuronas, parecida cosa son el universo y el cerebro.

Vaya, qué cara se te ha quedado, ¿tampoco es tan difícil de entender, no? ¿O es que te estás mareando?

[El profesor deja de mirarte, gira la vista hacia delante y continúa:]

Ahora entiendo tu mirada: estás viendo la ausencia total de lo visible, estamos aproximándonos a un agujero negro.

¡La de chorradas que se han dicho sobre los agujeros negros! Que si el tiempo se para en ellos, que si nadie escaparía de ellos, que si se comen la historia, que si escupen el olvido: todo ello contado, supongo, por quien no pudo ir allí para comprobarlo, o en todo caso por quien fue allí y, una vez habiéndose perdido dentro conjunto a la historia del universo (dentro de la cual estaba su historia personal) volvió habiendo olvidado hasta su nombre. Entiende mi sorna: dúdalo todo y todo lo que te hayan contado compruébalo por ti mismo.

Dicho lo cual, te anuncio que acabamos de atravesar el agujero negro y ni te has dado cuenta, así que cambia esa cara y bienvenido a la historia total del universo: dentro encontraremos una megahistoria personal, esto es: todos los recuerdos de alguien, sus recuerdos olvidados y...  los inolvidables.  Esto que se descubre ante ti, mi estimado amigo, no es sino una vida entera al desnudo y aún la placenta de percepciones que la recubre.

 

III – Aparecen los recuerdos olvidados

¿Alguna vez has querido saber algo que ocurrió en un determinado sitio y momento en el que tú no estabas? Tantas veces me ha pasado: después le preguntaba a la gente que había estado allí y normalmente perjuraban contarme la verdad sobre aquello, y yo les creía, si bien, de tan dudoso y desconfiado que he sido, siempre me preguntaba: ¿si pudiese viajar por el tiempo y el espacio, encontraría tal escena que me acaban de describir con total exactitud, o... encontraría algo cambiado?
Esa duda me mortificaba, porque imaginaba que los recuerdos ajenos, como los propios, eran los restos de una tormenta de arena que habría entrado en un museo que posteriormente fuese cerrado a cal y canto: las capas de polvo se habrían posado sobre los cuadros de tal forma que ninguna lengua de viento podría ya destapar la verdad sobre los lienzos que ilustran el pasado.

Pero me enorgullezco de contarte que he descubierto que para nada ésa es la naturaleza del pasado, pues éste existe al completo y ningún agujero negro se lo ha tragado, cosa que ahora mismo vas a empezar a entender.

¿Ves esas dos galaxias de ahí a punto de colisionar? Puesto que están a punto de colisionar son, digamos, dos personas a punto de amarse.

Pero fíjate: sus brazos estelares están ya solapándose, esto significa que estas dos personas... están copulando.

Y otra cosa: aunque no puedas reconocer sus rostros porque están ahora disimulados en gases boreales, esas dos personas existieron, y vaya que si existieron: son tus antepasados y gracias a ellos estamos aquí.

Bueno bueno, no te pongas así, aunque por esa mueca que me gastas ahora veo que has empezado ya a entender: sí, en alguna parte de tu 'retrocadena ancestral' hubo un par de cónyuges que, sí señor, eso es, copularon y parieron sin amor alguno.

¿Simios? No, no, hijo mío, son dos antepasados muy recientes: aunque se comportaron  como tales.
Vaya, parece que aún tienes muchos 'recuerdos olvidados' que rescatar y que, una vez los recuerdes, van a significar para ti mucho más de lo que de momento imaginas: van a explicar mucho sobre tu vida, vaya que sí, y sobre quién eres ahora y sobre qué caminos habrás de tomar en el futuro.

Sin embargo, he virado la nave y he decidido viajar en otra dirección porque los rostros de esas dos personas estaban quedando ya demasiado cercanos y perfilados: prefiero guardar su anonimato de momento. Nos vamos, mi colega, a... ¡la infancia!




IV – Emerges de los recuerdos emocionales

Cuánto me ha llamado la atención durante el curso de mi vida la idea del Eterno Retorno: a suposición de ella casi todo lo que haríamos durante nuestra juventud o vida adulta no nos llevaría a otra cosa que no sea el descarrilamiento del tren que supone el niño que llevamos dentro, de la vagoneta de júbilo e ilusión que representa el niño que fuimos.

Algunos mueren en dicho descarrilamiento (no estoy hablando exactamente del suicidio, pero podría ser) y otros... quedan atrapados entre lacerantes espadas de acero y retorcidas perspectivas existenciales, crisis emocionales, sesgos perceptivos, celos, posesividad; quedan sus entrañas desfiguradas y esparcidas en las vidas de otros y...  prefiero no seguir.

Como sea, la gente sale de alguna u otra forma del “lugar del accidente” y se promete “ya nunca más viajaré en tren” y sigue su existencia andando, lo cual, de acuerdo, le permite seguir viviendo... pero sin embargo implica una existencia cansada.

Ésta es la razón por la cual siempre he admirado de corazón a quienes tienen el valor de volver a coger de nuevo el tren de la infancia, en cuyos vagones difícilmente cabrán sus desprorcionados cuerpos, pero sí podrían caber sus mentes (que la mente puede caber en cualquier sitio como cabe un vaso de agua en cualquier océano existencial) y, una vez 'encajadas' dichas mentes en el propio vagón como si de insignificante equipaje se tratase, caldean la locomotora de las ilusiones sin importarles el qué dirán o el qué nos harán.

Lo que ves ante ti, este cielo estrellado, asimétrico y vibrante, es la infancia de la vida a través de la cual estamos viajando. Como el niño que iniciáticamente sólo percibe formas y un día de pronto las entiende como símbolos, tú estás ahora adecuando tu vista hasta comprobar que no es esto un cielo estrellado, sino una disposición de constelaciones que dibujan todo lo ocurrido en la tierna etapa.

Sí, debido al eco locomotor del Big Bang, las teseladas estampas que muestran la infancia quedan animadas debido al movimiento de las estrellas que las conforman.

Oh, vaya, menuda cara de embobamiento tienes, curioso reflejo de la cara del niño que quedaba paralizado ante los dibujos animados: parece como si, cada vez que uno recuerda, estuviese realmente posicionándose en la mente de su yo-del-pasado. Parece... y es así, porque encima te estás chupando el dedo y manchándome de babas todo el cuadro de mandos, toqueteando todas las palanquitas como queriendo salir de un tacatá disparando zancadas hacia la vida adulta.

Pues vale, prosigamos, pero antes de seguir, escúchame: no te preocupes más por esto, di adiós a las vísceras esparcidas, que volverás algún día a ser ese niño cuando acabemos este viaje, que todo consiste en eso, que retornarás a tu infancia como los tsunamis se repliegan hacia el mar devolviendo cuerpos varados que darán vida a las ballenas, que retornarás a tu verdadera naturaleza, que de hecho serás la naturaleza en sí misma tal como la fuiste antes de nacer.

Pero vayamos un momento a la juventud antes de que se nos acabe el tiempo, antes de que este universo —este cerebro— que no hace sino expandirse... vuelva a colapsarse hacia dentro de sí mismo.




V – Implosión o cerradura de la herida

Pues sí, ese perfil que se dibuja a lo largo de la nebulosa a la que nos acercamos evoca el rostro de tu primer amor.

¿Uno de tus padres? No, no es uno de tus padres: es tu primer amor. Que se parezcan no significa que sean la misma persona.

¿Las galaxias, dices? ¡Ah! Que intentas decirme que también se parece al rostro que esbozaban las formas gaseosas de aquella galaxia a punto de colisionar con la otra, que parece este rostro rotar confinado a aquellos brazos a punto de amar pero nunca acabando de amar... confinado al abrazo que tus padres nunca se dieron ante ti.

¿Y que también se parece este rostro al mío?

Vaya, veo que te has dado cuenta de una buena parte de la verdad: de qué te trajo hacia mí, de por qué el extraño confinamiento de la relación de tus padres forjó una sexualidad en ti y de cómo está te llevó a lo largo de tu vida adulta con la misma inercia con la que una aeronave a la deriva se introduce, repleta de carnosos aparatos, hacia el cosmos desconocido en un viaje a paraderos que nadie puede acertar a especificar.

Verás... esto es difícil de explicar, pero nos queda poco combustible y es hora de que sepas la verdad que te he estado ocultando desde que nos conocimos, desde que asomaste tu pie en mi ayuda.
Cielo santo, el combustible bajo mínimos, no puedo demorarme más, voy a acabar de leerte la Carta estelar de la memoria:

[El profesor tose de una forma extraña, como tragando aire hacia fuera. Se detienen él y el silencio durante unos instantes. Miras a tu alrededor: su rostro se refleja en la cabina de la aeronave y parece que alguna lágrima venga a derramarse desde sus párpados pero no lo tienes claro del todo: parece que en realidad sea una estrella fugaz reflejada sobre la misma mampara a la altura en que se refleja su rostro. Aún sin tener claro lo que le está pasando al profesor, éste empieza a leer:]

 «Querido amigo, perdóname por haber hecho esto sin tu permiso: usé tu historia, usé tu cerebro, usé tu universo... para explicar el microcosmos de las personas entero, para trazar el mapa de la memoria y enseñárselo a toda la humanidad: he querido, a la vez que te ayudaba, abrazar a todos y cada uno de los seres humanos usando... tus brazos estelares.

»Me ha costado mucho esfuerzo entender qué te pasaba y te prometo que dibujar este mapa completo ha sido tan duro para mí como para ti y que incluso tengo la sensación de que he sufrido más intentando ayudarte... de lo que habías sufrido tú antes de venir a pedirme ayuda.

»Pero antes de acabar te digo: pienso que ha merecido la pena pasar todo este tiempo investigando porque, como he demostrado, nada se olvida y todo puede ser recordado emprendiendo el adecuado viaje hacia el interior de cada uno... a través de los demás. He demostrado pues, que por la propiedad transitiva de las esencias personales, quien te ayude a ti está ayudando a toda la humanidad y, por la misma lógica, que si te ayudo a ti... me estoy ayudando a mí mismo.

»A la vez que lees esta carta de honestidad y tal como está escrito en la historia del cosmos (que yace perdida dentro del agujero negro en el que hemos caído juntos), sé que un luminoso objeto se estará acercando a nuestra aeronave justo ahora, mientras abandona, lentamente, la nebulosa a la que nos estaremos dirigiendo.
Al principio no sabrás de qué se trata, pero justo cuando empiece a alterar de nuevo el orden de las palabras —y tu cerebro empiece así a funcionar al reverso— a discernir objeto de qué se trata empezarás.

»Invento, separación próxima, conocimiento, amigos, aeronave, a ti se aproximan y a por nosotros vienen. Lo ves ya lo ves, cabina tiene una igual, carne y de hueso está hecho también, ya a punto está de chocar con nosotros y choque cuando ya puedas emprender tu vida sin mí.

»Sí, viene ahí, sí, yo en la cabina de la aeronave que a estrellarse viene no estoy.

»Sí, nos hemos estrellado, pilotas ya solo, gracias.

»Amigo.»




Texto recogido en el libro Piezas de las personas (descargar)
Ilustración de cabecera: Zhang Daqian