me prefiere muerto

Soez autofición al tanto de las distintas etapas de la vida


Mi mente me prefiere muerto. Pero no te preocupes por mí, no la voy a dejar ir tan lejos. Y lo que es más, yo, o una parte de mí, estoy ansioso por vivir y verlo todo, exprimir la vida en toda su largura. De hecho tengo un problema con lo tantísimo que me gusta la vida.

Te pongo un ejemplo: no cojo aviones. La gente se piensa que tengo una fobia o algo así y entonces me dice que tome pastillas para pasar el trance. Pero yo les digo: te lo acabo de decir y no te enteras, yo lo que quiero es vivir, sentir, embriagarme por todo lo sentido y lo sensible, y las pastillas alelan, letargan, detienen. Pero te quitan el miedo y el dolor, me espetan. Eso también forma parte de la vida, esa vida que me quiero yantar hasta no dejar ni las rebabas, les contravengo.

En realidad no entienden lo que verdaderamente me pasa con los aviones. Ellos me imaginan con un ataque de ansiedad o algo en sí en medio del vuelo. De eso nada, mantendría la calma en todo momento. Me han educado para no perder las formas, lo cual también puede llegar a ser un problema en sí mismo, otro.

Ahora bien, si por lo que fuese al avión le diese por ahuecar el ala, si yo me percatase de que no tengo ninguna probabilidad de sobrevivir al inminente accidente, entonces sí que tendría un serio problema conmigo mismo. Aunque me quedase completamente quieto por fuera, ni una puñetera mueca emergiendo, algo la mar de severo estaría incurriendo mi ser y su sistema límbico, cada célula y grano estremecidos y palpitantes mientras el motor ardiendo se reflejara en mi iris. Ante la visión, se desataría en mí un eversivo y cataclísimo sentimiento relacionado con todo lo vivido y lo conocido, las personas que amé o que me ignoraron, y sobre todo, y comprenderás que lo sigue es la peor parte, las personas que ya nunca podría amar o sufrir desde mi muerte y en adelante. Tal sentimiento no es fácil de explicar, no lo has entendido aún, de modo que voy a seguir explicándome.

No sé si te he contado que trabajé de celador un tiempo en una unidad psiquiátrica. Allí conocí gente de todo tipo y fui consciente en primera persona de ese mito que se suele propalar: hay más tarados en la calle que en los psiquiátricos. Parece una obviedad, lo sé, pero eso no me quitaba de plantearme con cada paciente lo siguiente: si he conocido a gente que está peor de la azotea que este prenda, ¿qué ha llevado al susodicho a acabar aquí dentro mientras que otros vivirán siempre fuera?

Lo que sigue no es la respuesta a la pregunta, anótese que de hecho no tengo respuesta, pero creo que ayuda tanto a entender esa pregunta como a entender mi caso, y quién sabe si el tuyo.


Una vez estaban mis pacientes tirados a la bartola en torno a un jardincillo zen que les habíamos montado en la terraza de la cantina. Habíamos hecho limonada con limones que habíamos cogido nosotros mismos. ¿Qué parte del año sería? Me es difícil averiguarlo ya que los limoneros pueden dar frutos todo el año. Son bastante peculiares en eso, además de que el agua puede matarlos. Supongo que los limoneros son a los árboles como las personas a las imposiciones sociales: ningún prejuicio es realmente determinante.

Pongamos que era a finales de septiembre, en uno de esos días que osan haberse escindido de los calendarios porque no parece que estemos ni en otoño ni en verano. Días que me conmueven especialmente desde que una vez paseando junto a la Fuente que ríe una amiga me sugirió que me detuviese y contemplase cómo el cielo se reflejaba sobre la lámina de agua. Mientras reflexionaba me preguntó: «¿No te parece que el cielo reflejado en la superficie parece otoñal mientras que el cielo real ahí arriba parece veraniego? ¿Y que nosotros estamos entre medias, es decir, en ningún tiempo?» Madre del amor hermoso, cómo me desbarató de todos mis años y pesares ese puñetero comentario, creo que fue Camus el que decía que contemplar es siempre un ejercicio de inocencia.

¿Ves?, no sé cómo coño voy a arreglármelas cuando esté muerto y ya no pueda esperar por que llegue otro septiembre y colarme de lleno en uno cualquiera de estos transcursos con la duda de si estará desplegándose sobre mí uno de esos días, pues siempre aparecen por sorpresa. En castellano utilizamos la palabra entretiempo, aunque los orientales son los que más cerca se han quedado a la hora de aparcelarlos: llaman sankan-shion a la alternancia de días en el cambio de estación, y significa literalmente 'tras cada tres días fríos llega uno templado'. Pero nadie sabe en realidad cuándo van a tener lugar ya que a los que me estoy refiriendo son completamente subjetivos y personales. Como ves, estoy fatal de lo mío. En cualquier caso, te seguiré contando.

Resulta que mientras uno de los pacientes se terciaba su limonada, entre trago y trago, me hizo un comentario al tanto de que yo estaba con un rastrillo haciendo la pollaíca esa de hacer surcos en la arena del jardín zen.

—¿Sabéis? Esos surcos no se hacen tanto por la experiencia autotélica sino por…

—¿Auto-qué? —lo interrumpí. Me sonaba la expresión, pero estaba visto que este paciente sabía mucho más de psicología que yo. Él era, de hecho, uno de esos pacientes que me he encontrado mucho más cuerdos, inteligentes y sensatos que los que están ‘fuera’ (o ‘dentro’, si consideramos las unidades de psiquiatría el órgano principal y la ciudad su apéndice).

—Da igual el nombre: son esas experiencias en que uno está como muy ensimismado haciendo una cosa, así en plan androide (como quien ve la tele), pero siendo parte activa de la experiencia, así en plan ser humano, pero androide. Tú me entiendes. También se llama ‘experiencia de flujo’. Dicen que sólo en esas ocasiones somos verdaderamente felices.

—Ah, ya sé a lo que te refieres. Creo que un buen ejemplo para diferenciar esa experiencia es la de ser actor de teatro. Experiencia zombi: ver la tele. Experiencia autotélica: actuar mientras se te va el santo al cielo, ser parte activa de eso que está ocurriendo en la tele —añadí. Y dejé de rastrillar para incorporarme e ir a por mi limonada.

—Uy, pero cuidado con eso. Según la perspectiva hinduista la vida entera es como una obra de teatro de la cual nosotros somos actores, sin darnos cuenta— y dio otro sorbo.

—¿Es la vida entera una ‘experiencia de flujo’? ¿Somos felices todo el tiempo aunque, histriónicos, a veces nos metamos demasiado en el papel del sufriente? Lo cierto es que no hay mal que mil años dure, igual es por eso —solté mientras cogía mi vaso y me arrellanaba en el sillón de anea.

—Pero hay algo importante de las experiencias de flujo que podría desmontar tu chafaldita positivista —dijo poco antes de sorber lo poquito que le quedaba de limonada. Y expuso lo siguiente:— La actividad que desarrollas para entrar en flujo no puede ser ni demasiado fácil ni demasiado difícil. Y de hecho su dificultad tiene que ir progresivamente aumentando, porque en cuanto aprendes a dominarla empezará a ser demasiado fácil y entonces corres el riesgo de ‘despertar’ y salir del trance autotélico. Por mucho que adquieras estado de flujo, al final siempre vuelves a la vida, para bien o para mal.

—Vaya. Supongo que esto tiene que ver con que la vida cada vez nos parece más difícil, según envejecemos. ¿Es la vida una experiencia de flujo y la muerte su despertar? —pregunté por preguntar, sabía de sobra que esa pregunta tenía más cariz poético que otra cosa. Travieso, sorbí de nuevo, esta vez con ganas.

—Tenemos la sensación de que la vida es cada vez más complicada, pero esa sensación no tiene por qué atender a la realidad intrínseca del acaecer del tiempo. Hay una teoría por ahí que me gusta mucho sobre las crisis de edad, la de los veinte, la de los cuarenta, y tal: si lo piensas cabalmente, ninguna edad es realmente buena. Pregúntale a tus allegados si no, y comprobarás cómo cada uno te habla de distintos periodos depresivos pero padecidos a edades que ni encajan con las mencionadas cifras ni con las de sus congéneres.

—¡Joder! Es justo lo que necesitaba oír.

—En cualquier caso, es asombrosa nuestra capacidad adaptativa —continuó, aunque yo ya no daba un duro por su digresión, lo del pesimismo no va conmigo—. Da igual el ruinoso devenir al que acudan el cuerpo de una persona o su psique, siempre encontrarás a alguien en ese estado capaz de hacerte un chascarrillo sobre su padecer o hablar de un, al menos uno, plan de futuro.

»Parece como si hubiese una forma de proceder, siempre a rebufo de la tragedia, eso sí, adecuándose a las dificultades. Pero no confundas, no es que la vida sea una experiencia de flujo, ni la muerte un despertar o una experiencia sonambular. Sí que parece, no obstante, que hay cierta posibilidad de fluir a través de ella sin que te despiertes al final de todo pensando: menudo panoli he sido, he sido un androide de principio a fin.

—Oye, tú… Tú y todo tu discurso tan cuerdo y sostenible, muy de Heráclito tú, tú y tu historial clínico tan impoluto… —susurré en voz baja, para que los demás no me oyesen, mientras dejaba mi limonada sobre la mesa—… ¿Cómo has acabado aquí? ¿O es que eres un androide?

Para contestarme también bajó la voz, y créeme que era la primera vez que lo hacía desde que había empezado a tratar con él meses atrás. De modo que presté mucha atención a lo que estaba a punto de elucidarse:

—Yo amé demasiado la vida. Y los que amamos demasiado la vida al final acabamos enzarzados con ella.

—¿Por qué hablas en pasado? Como si ya no amases… —hice el esfuerzo por detenerme porque recordé algo que él mismo me había comentado: no le gustaban las precipitaciones, y lo que menos, las conclusiones. De modo que para adecuarme a su dialéctica aflojé una duda, luego la liberé y entonces la dejé flotar:—  Ah, espera, creo que ya lo pillo, ¿es que has despertado?

—Veo que entiendes perfectamente por qué acabé aquí… ¿No será que tú también…?

—Sí —interrumpí, pero porque era necesario, no por faltar—, yo también tengo el mismo problema. Por eso no cojo aviones. Amo demasiado la vida como para que se dé un escenario en el que todo se va a pique y yo no pueda hacer nada para luchar por ella.

—Aham, así que también es por eso por lo que estás tú aquí, ¿no es así?

 

Después me explicó algo que había dejado a mitad, que los suelos de tierra arada de los jardines zen responden a la necesidad del ser humano por romper con la entropía, si por entropía entendemos ese empeño cosmológico de que todo sea un sindiós: todo tiende a desordenarse, a deteriorarse, a separarse lo uno de lo otro.

Lo contrario, la Neguentropía, es básicamente a lo que nos venimos dedicando los humanoides desde que nos caímos del primer guindo: ocupar nuestro tiempo tratando de darle a todo, o al máximo posible de cosas, un orden y una lógica, y una progresión. Y digo al máximo posible de cosas porque, ocioso es decir, muchas de ellas nunca tendrán una respuesta esbozable en símbolos o lógica, ya sea humana o extraterrestre. Lo que yo te diga: un sindiós. Pero justo contra eso brega el Y gen, el poder de sugerencia de estos jardines niponcetes cuyos surcos nos dan la sensación de que hay sobre ellos agua manando cuando en realidad son un secarral de narices.

Una de esas cuestiones que parecen irresolubles, que ni el Y gen lograría contestar, es la del deus absconditus: Dios, de existir, siempre podrá jugar la carta de añadir a la partida la condición ‘Dios siempre está oculto’. ¿Existe Dios?, nos preguntábamos.

Ahora que vivimos entre androides y entes que no sabemos si están despiertos o no, si nos controlan o no, o quién controla a quién, se puede decir que hemos superado la cuestión religiosa. A mí por lo menos me parece muy curioso que hayamos resuelto una cuestión tan compleja como de rebote paradójico. Pero el hecho de que haya tenido lugar fortuitamente no quita que tenga su intríngulis.

A mi modo de ver, esta forma de resolver cuestiones fundamentales para el ser humano tiene mucho que ver con ese concepto del psicoanálisis llamado Abre-acción. Un Abre-acción tiene lugar cuando superamos un trauma de forma inesperada al enfrentarnos a una situación que a priori no tiene nada que ver con aquella donde fuimos traumados.

Ilustremos lo anterior con un ejemplo: imagina que una vez atropellaste a una cría de koala justo al empezar tu viaje de novios. Aún sus bracitos pustulantes y con toda una bermejía de goterones de sangre descoagulándose desde sus orificios (los que ya tenía y los recién abiertos), la arrebujaste en tus brazos tratando de hacer no sé muy bien qué porque no sabes nada de primeros auxilios y menos de veterinaria. Te vienen después duros meses en los que eres incapaz de borrar de tu mente el momento en que dejó de respirar. Un día, tras darle a la fornicancia (que parece que es lo único que sabes hacer) nace tu hija. Durante el primer momento en que la acunaste en tus brazos tuvo lugar la Abre-acción sin que te dieses cuenta. Y luego, al cabo de más meses te das cuenta de que llevas mucho tiempo sin pensar en el koala. Tú sigues por la vida pensando que de tanto pensar en tu hija no tienes tiempo de pensar en el atropello, pero que el trauma debe seguir latiendo en algún recodo de tu interior. Pero en realidad, lo que tuvo lugar fue un Abre-acción. Sin comerlo ni beberlo, fuiste liberado de permanecer en aquella tragedia.

Como fuere, lo cierto es que nos hemos salido de aquel flujo religionario que mantuvimos durante milenios. Necesitamos un reto mayor que no tenga nada que ver con Dios.

Y más allá de la aburridísima, manida y banal cuestión religiosa, hay muchas otras que permanecerán ocultas e indescifrables en el vórtice entrópico que sella y sobresella nuestros frágiles sentidos cada vez que asomamos el gaznate a su túrmix de completa sinrazón entreverada de lógica simple. El Caos.

¿Cuáles son? ¿A qué se parecerán? ¿Qué cuestiones serán aquellas a los que los seres humanos habrán de adaptarse gradualmente mientras la especie entra en un nuevo flujo que nos lleve a través de nuevas generaciones y sus correspondientes eones? ¿Qué cuestiones nos permitirán seguir embobados en el trance autotélico que nos haga olvidar que seremos, por decirlo suavemente, polvo de estrellas?

Honestamente pienso que ahora mismo estamos en mantillas de cara a siquiera rozar, con nuestras parvas averiguaciones y deducciones, un ápice de lo eviterno: lo que, habiendo comenzado en el tiempo, no tendrá fin.

Digamos que en nuestro actual flujo la adversidad de aceptar la fugacidad de la vida es una dificultad demasiado grande y nos saca una y otra vez de nuestra tarea de ser felices y dar un orden y lógica a todo. Despertamos, nos dormimos, despertamos, siempre legañosos. Guantazo al maldito despertador.

En nuestro actual estado, decíamos, anticiparse a cuáles serán esas cuestiones sería tan vano como preguntarle a la Dickinsionia, supuesto primer organismo del globo terráqueo, un molusco consistente en poco más que una costilla eslabonada sobre otra, dónde está el alma o para qué sirve la mística. 

¿Que qué cuestiones nos volverán a hacer sentir trascender y que no se parecerán a una religión? Hablar sobre ellas en el momento actual equivaldría a, siguiendo a Jodorowski, escupir pájaros momificados. O como estiló Jung: es difícil ver al león que te está comiendo. Ahí en el negror de ese vientre de momento seguimos despiertos, demasiado despiertos.


Fue en aquel desdibujado día de septiembre imposible de colocar en el tiempo, mientras dejábamos atrás la Fuente que ríe, cuando me di cuenta de que mi mente me prefería muerto. Estoy seguro de que mi mente ya había empezado a trazar su plan mucho antes de aquello, seguramente años atrás, probablemente al abandonar mi Edad Primordial para entrar en mi Edad Intermedia. Más adelante te hablaré de ese tránsito y columbraremos cuándo pudo empezar mi mente a rebelarse contra mí. Pero ahora quiero hablarte de una cuestión que suscitó el comentario de mi amiga sobre la diferencia entre el cielo de otoño y el de verano, una vez el cielo real se refleja de una superficie de agua cristalina.

Días antes había estado yo en la finca de un naturalista que decía vivir de la tierra y el agua y nada más. Vamos, un personajazo de esos eco-sostenibles. Se dedicaba a dar conferencias y rotaba por todo el país, como pollo sin cabeza, dando conferencias sobre cómo construir un mundo con menos polución. Viajaba de un lado a otro en la alfombra de Aladdín y por eso su treta filípica no contaminaba, nos ha jodido. Pero era un tío majo, no seré yo quien critique sus contradicciones porque, desde que todos vivíamos en la certidumbre de que no había cojones a trascender, la vida de todos y cada uno se había convertido en una contradicción de aúpa.

Al atardecer, a la sombra de un tejo, cerca de un arroyuelo casi seco, se me escapó una pregunta por la boca. Conforme salía de mis adentros tuve un pensamiento absurdo: ojalá las palabras tuviesen forma asible y pudiese cogerlas y metérmelas por donde me habían salido. No hubo malabarismo posible:

—¿Dónde guardaremos todo el placer?

 —¿Disculpa? —el eco-personaje no entendió muy bien mi pregunta. Quizá porque su mente no quería matarle y por eso no contemplaba preguntas como ésa.

—Quiero decir, esta sociedad hedonista… que piensa que hay que pasárselo teta todo el rato porque cuando mueras te quedarás dormido y ya no, ya no…

»Esta sociedad… —y lo que sigue lo dijo mi mente y yo no, yo juro que no fui, yo quiero vivir y ser feliz— ¿Dónde guardará todo el placer cuando ya no estemos?

—¿Tú sabes cuál es la puerta de esta finca no? Pues por donde mismo has entrado puedes ir saliendo…

Al principio no supe si aquello iba en broma o en serio. Desde luego su rictus era el de un rostro desmontándose, pero puede que fuese buen actor, ya que había pasado mucho tiempo divulgando en la tele (para luego decir en cada una de sus charlas que los medios de comunicación masivos eran un invento del demonio, y que no sé qué).

Yo por si acaso empecé a andar hacia atrás, muy lentamente. Mi mente continuó con su personal crimen:

 —Verdaderamente creo que ése es el principal temor del ser humano hoy, un temor que nos está volviendo completamente neuróticos. ¿Ars longa?,  ¿el corpus humanoide al completo puede ser transcendalizado mediante obras de arte? Para colmo nihilista, también habíamos dado carpetazo a esa cuestión: escribimos y escribimos libros, tenemos hijos a cascoporro, creamos y devoramos arte por doquier, pero en el fondo sabemos, o tenemos al menos esa inquietud, que no hay trascendencia posible, que el placer que está sintiendo el individuo a lo largo de su vida no se puede codificar y guardar fielmente en ningún dispositivo u obra artística.

—¿Y de qué te sirve haber llegado a esa pregunta? Estarás contento —me preguntó el eco-personajazo.

 —Responderla podría librarnos de parte de la neurosis. Y es la neurosis la que hace las guerras, las injusticias.

—Y abrir demasiados melones sin tiempo para comérselos, ¿eso no da neurosis? ¿No viene tu neurosis justo de ahí? ¡El saber es vida pero tú tienes demasiadas ansias de vida! Entiéndeme, ese tipo de preguntas las podrá soportar el ser humano dentro de cientos de años, ¡pero no ahora, melón!

—Vale, ya me voy.



—Y eso, que me fui de la finca lamentando profundamente haber formulado una pregunta, pregunta que, obviamente, no voy a repetir aquí. No quisiese yo aguar tu vida ni una tarde preotoñal como ésta —admití a mi amiga.

—¿Y no piensas que le lanzaste una pregunta acerada adrede? Como para hacerle daño en respuesta a otro posible ataque suyo, o a lo que tú habrías creído que era un ataque. Es algo que nos ocurre mucho a los seres humamos, sobre todo desde que nos conminan a evadir el dolor y el conflicto. De esta forma, cuando nos atacan (y nos atacarán a lo largo de la vida, y si no ya nos atacará la vida por sí misma) nos guardamos todo el dolor dentro hasta que al final se lo soltamos al primero que pillamos por banda. Y lo hacemos aunque realmente no nos esté atacando, pero la situación dentro de nosotros es tan estresora que no discernimos bien ni la realidad ni a quien tenemos delante. Creo que en el amor nos pasa lo mismo.

Permíteme ahora un excursus para romper una lanza a favor de eso que me estaba diciendo mi amiga.

Considero importante que sepas que ella y yo habíamos tenido un severo agridulce unos meses antes de aquel paseo. Fue cuando ella se me lamentó con lo siguiente: «¡Ay, qué pena que crezcan!, echo de menos cuando tu perro era un adorable cachorrito». Un haz de violencia se disolvió desde mis labios descolocados: «Pazguata, ahora que está perdiendo la belleza es cuando más me necesita. Ahora nadie querría adoptarlo. Ahora es cuando más lo quiero. La entereza de este amor tan nuestro trasmina belleza donde no la hay.»

De más está decir que no tenía que haberla insultado, pero es que pierdo el control cada vez que me cercioro de que el amor queda sepultado casi siempre por el alud de la belleza. Seguramente lo pierdo por eso que ella decía, y ahí es donde rompo la lanza: hay cosas que nos superan y siempre nos superarán, y es en esa descompensación dimensional donde flaqueamos y hacemos daño.

«Los amores, y son los más, que tienen en cuenta la calidad genómica de los cuerpos me parecen una idea nazi» acabé diciéndole en el debate que subsiguió, para que veas el nivel del percal. Y mejor que no te confiese lo que me contestó, que me da vergüenza. Eso sí, quizá te convenga saber que por culpa de esa barrabasada ella me retiró la palabra durante meses. Lo que me faltaba.


Años después del paseo por la Fuente que ríe vino lo peor para nuestra amistad. Fue en la fiesta por la jubilación del que había sido nuestro profe de lengua cuando cursábamos la Edad Primordial. Una fiesta por todo lo alto, ya verás.

La primera en la frente: nada más entrar al salón de celebraciones me di cuenta de que el chico que tanto me gustaba de niño ya no me gustaba en absoluto, probablemente por lo cambiado que estaba. De alguna forma no lo reconocía físicamente, tardé bastante en darme cuenta de que era él.

Mi amiga hizo mucha befa de mí con este tema, y yo entre bromas y veras sólo pude atender a verbalizar: «Reír por no llorar ¿eh?, ¿el tiempo nos está convirtiendo en nazis?» Su reacción: volver grupas y dejarme solo en una esquina. Y ella sabía muy bien lo que hacía, sabía que ya no me hablaba con nadie de la pandilla del colegio. Pasaría la mayor parte de la fiesta solo.

¡Diantres!, ¿por qué no pude callarme?, ¿por qué tuve que sacar otra vez ese tema que a ella tanto la molestaba? Ahora el que se lamentaba era yo.

Aproveché aquellos momentos de soledad para recapitular lo que habían significado para nosotros el paso de los años desde que dejamos aquel colegio, justo cuando pasamos de la Edad Primordial a la Edad Intermedia. Ahora ya habíamos cruzado la Edad Intermedia y teníamos un pie en la etapa final de la vida, la Edad Trascendente: ahora cuando las cosas, al menos en nuestra pandilla, estaban tomando ribetes dramáticos. Traté así de averiguar por qué de pronto dábamos puñaladas traperas a quienes tanto habíamos querido entonces, por qué nuestras mentes nos preferían muertos. Y me dieron ganas de llorar. Pero no pude.

La última vez que había llorado fue cuando sacrificamos a mi perro, no mucho antes de aquella fiesta. Y aunque suene un poco narcisista, creo que en aquel episodio nuestro grupo, que ya había tenido problemas en el pasado, se empezó a escindir del todo. Cómo no, dije una cosa que creo que no tenía que haber dicho.

Verás, resulta que alguien propuso que cuando sacrificásemos al perro podríamos estar todos juntos con él. Así le agradeceríamos las tantísimas horas de felicidad y ternura que como buen peluche de temple él nos había brindado. Y yo me negué.

Aludí que él podría malentender la situación: vernos todos allí alrededor mientras algo se introducía en sí y levemente lo iba matando, que no durmiendo, podría ser considerado por él como un acto de alta traición. Llegado el caso, no sería difícil leer en su mirada agónica lo siguiente: «¿Por qué me hacéis esto con todo lo que he hecho por vosotros estos años?» Estilaría aquí Borges que los animales no temen a la muerte porque no conocen la palabra muerte, pero eso no significa que no la sepan oler.

¿Conclusión?, me quedé solo el día del sacrificio y al cabo de las semanas progresivamente dejaron de hablarme, excepto esta amiga que te digo, a la que aún me unía un tenso hilo. Y lo peor: cuando él se estaba yendo y me miró de hito en hito, mi mente prefirió que yo leyese en sus globos oculares, a la par que se velaban como dos lunas crecientes, la siguiente inquietud: «¿Por qué nos enfrentamos tan solos a la muerte?, si la olemos venir, ¿no sería mejor anticiparse y estar todos juntitos como cuando triscábamos por el campo o jugábamos a la pelota?»

Se entiende que después de aquello no tuviese fuerzas para volver a llorar. No las tuve al menos hasta que perdí a mi última amiga, en la fiesta.


El caso es que cuando estaba ya completamente solo y divagando por el salón, empalagado por el correoso rumor de una fuente de chocolate y mientras todos los demás felicitaban a nuestro maestro, empecé a hipar aunque no lograse romper a llorar del todo. Entonces, como a través de un Abre-acción, me sorprendió un recuerdo que había estado alentándose dentro de mí durante decenas de años y que no había conseguido percibir con claridad sino hasta ese momento.

 

El curso llega a su fin, y con él nuestros años en el colegio durante la siempre arcádica Etapa Primordial.

Alto junio, anochece, la amabilidad de las acículas del pino y los jazmineros se funden en un coro de olores con los últimos resoles del día, obra de un chirimiri que se derramó esta tarde desde una primavera que volverá y no será la misma. Vestidos con jerseicillos de arlequinados colores, las siluetas de nuestros cuerpos de pigmeo se bruñen en la creciente oscuridad como un aguafuerte naïf. Vamos y venimos unos de otros, como los cometas. Y cuando chocamos, cae una estela desde una boca de rubí todavía candoroso:

—¿No dejaremos de vernos, verdad?

—¿¡Pero qué dices!? Seguiremos quedando.

No hubo consuelo. Acabamos llorando. Porque de alguna forma lo sabíamos, sabíamos lo que iba a pasar, como la gacela huele la muerte en la mirada del león que sin duda la va a alcanzar esta vez. Sí, de esa forma sabíamos que nos estaban engañando. Por más que nos prometiesen que en la vida adulta llegaríamos a ser quienes en ese trance queríamos ser, que no nos separaríamos, el destino podría ser aciago si en ese momento nos dejábamos engatusar y cruzábamos el umbral que va de la Edad Primordial a la Edad Intermedia. De alguna forma, por entonces creíamos que teníamos la potestad de no cruzar aquella línea si no queríamos. Podríamos no haberla cruzado: así el niño se siente eterno.

Nuestro maestro nos oyó gimotear y se acercó para aleccionarnos, como burlándose de nosotros: «Pero chiquillos, qué lágrimas son esas, qué tontería me tenéis, si os vais a ver mañana mismo en la entrega de notas y todo seguirá igual». Ahora que lo pienso, puede que por ese embuste no le diese la enhorabuena al profe, años después, en su jubilación. Nos íbamos a ver, desde luego, pero al otro lado de la línea. Como buen profesor de lengua bien que medía las palabras.

Ahora que no secreto ni una dichosa gotita por el ojo me doy cuenta cuán sabias fueron aquellas lágrimas de junio. «Déjenos llorar, profe, déjenos llorar, vaya que un día no podamos volver a hacerlo», le hubiese dicho de tierna voz, si hubiese sabido. Si hubiese sabido.

¿En qué nos habíamos convertido? Ya no es que la brea de los años nos hubiese separado, sino que a veces habíamos sido nosotros mismos quienes habíamos provocado la división: guardar distancias, tomarse un tiempo, yo te llamaré, que te vaya genial. Piedras, pues no lloran, y aún así se fragmentan y son arrojadas al que una vez fue inocente.


Dejo la fiesta atrás sin despedirme de nadie, ¿de qué amigo me iba a despedir? Las voces se abotargan y se pierden cuando cierro la puerta tras de mí. Me acodo en una verja e inclino el eje de mi tráquea para forzar el llanto, tengo que conseguirlo como sea, tengo que excretar algunas lágrimas, como el bulímico o el alcohólico provocándose el vómito. Intento irme a la sensación más triste de la noche a ver si así logro: emerge entonces mi sopesar de que aquel chico debe seguir haciendo ciclismo, porque mantiene aún aquellas piernas como pétreas columnas en las que todos nos fijábamos ya por entonces. Divagación, vamos a decirlo, que me resulta muy Josef Mengele por mi parte. Qué crueldad la nuestra. Pero ni una gota, oye.

Tras admitir que no lo consigo ni lo voy a conseguir me doy cuenta de que no tengo control sobre ello: la situación me supera. Pensándolo bien: cuando fuese a lograr llorar y así lo presintiese por el tracto en mis conductos lacrimales, me alegraría, ya que habría conseguido mi cometido, y de súbito se me quitaría la pena, abortando la llantina. De modo que nunca más lograré llorar de pena, y así tendré que vivir.

Me encamino a casa e intento poner otro tipo de broche a la fatídica velada. De esta forma, intento darme tregua en lo referente a cargarnos con más culpa de la que merecemos. Quiero decir que no podemos martirizarnos más por habernos decidido a cruzar aquella línea que nos sacaba de la Edad Primordial. Y mucho menos de lo que vino después: el mundo iba a cambiar muchísimo y nosotros por entonces no lo sabíamos. Recapitula conmigo si quieres.

Estaba por un lado la pérdida de Dios, de modo que iba a dormir el sueño eterno mi prima la del quinto.

Estaba por otro lado la creciente injusticia social que iba soltando por su bocana la bosta capitalista, esa que Lorca ya habría sabido ver en el Poeta en Nueva York: «De la esfinge a la caja de caudales hay un hilo tenso que atraviesa el corazón de todos los niños pobres». En antítesis, un libro de Taschen hace un paralelismo muy interesante de aquellas escenas dieciochescas de Watteau con las óperas parisinas coetáneas en las que se proponía que en el amor, como en la vida o la muerte, la alegría del viaje se equilibra con la del puerto. En resumen: que la vida podría ser justa... si hubiésemos podido negarnos a poner pie en la Edad Intermedia, claro está.

Y por último estaba la cuestión amorosa. Cuando todos éramos niños, el futuro se avizoraba del talle de una 'fiesta galante' como las que Watteau pintaba: viviríamos una existencia fácil y despreocupada, sin más. Si todo iba según lo previsto (por el profe de lengua), nos instalaríamos en la vida adulta de forma tan sucinta como los amantes instados en sus cuadros: la vida nos seduciría (y nosotros la seduciríamos a ella) de la forma más delicada posible, sin forzar a nadie a nada. Sólo sugiriendo el albear de la piel desnuda tras algún encaje, nunca enseñándola claramente. Preferente sería, dicho en argot literario, una visión rubensiana y sosegada de la sensualidad en vez de el flamígero ideal petrarquista en el que amores contrariados nos estaban consumiendo a toda mecha. O volviendo a la dramaturgia francesa del XVIII, menciono aquí lo que Chamblain de Harivaux proponía en su Arlequin poli par l'amour: que aunque se vuelva de piedra, como veta mineral el arlequín siempre podrá ser 'refinado'(poli) en presencia del buen amor.

Para colmo de males, los tiempos nos vertieron encima una era en la que todo sería destape y desparrame sexual, poliandria para el nene y la nena. Lo cual, si se piensa, no está nada mal: por fin podríamos palpar tantos hercúleos cuartos traseros como quisiésemos. Pero tanta delectación nos pillaba desprevenidos: éste que estábamos construyendo no se correspondía con el mundo que habíamos soñado. En otras palabras: a nosotros en concreto, aquellos glúteos y piernonas nos hacían más felices vistos como obras de arte en lugar de carnaza.


Me da la sensación de que cuando esa fiesta acabó entré de lleno en la Edad Trascendente. Así lo siento porque vuelven a mí esa inquietud de que una parte de mí 'me prefiere muerto'. Lo reconozco como si fuese ayer la primera vez que lo sentí: es un pensamiento más o menos como ése el que me sobrevino cuando nos vimos llorando al dejar el colegio: «Si no vas a ser capaz de negarte a cruzar la línea hacia la siguiente Edad, te prefiero muerto». No, no es que ese 'Otro dentro de mí' (birlando el concepto a Lacan) me quiera muerto realmente, sino que hace ese tipo de coacciones para que me aferre a la continuidad de la vida sin escatimar esfuerzos, eternamente si fuese necesario. Creo por ello que siempre que te viene un sentimiento autodestructivo estás cruzando una franja de ese tipo. Hmm, quizá hay en esta encrucijada más franjas de las dos que he mencionado. Pensaré más sobre ello. Mientras tanto, voy a esbozar dos párrafos más, si te parece bien.

La cosa es que quiero pensar que no tengo miedo, que realmente no tengo miedo a lo que pueda ocurrirnos en la Etapa Trascendente, ni siquiera a la soledad que conlleva. Mientra tenga ojos para verlo (o alguien me lo pueda describir), atesoro suficiente entereza mientras contemplo El nacimiento de Venus de Botticelli. Porque es la obra donde mejor veo reflejada la llamada Ora della primavera, ese lapso tras el que el amor vuelve tras haber padecido nosotros los peores rigores del invierno. ¿Qué tipo de amor?, pues teniendo en cuenta que Botticelli colocaba la Venus hendiendo la espuma que representaría el semen de Urano... Ejem... Disculpa, ¿de qué estábamos hablando?

De que si ese lienzo se borra de la faz de la tierra, si ya no alcanzan nuestros sentidos a percibirlo, todavía podremos cerrar los ojos y adormecernos memorando muslos como columnas griegas. Qué le vamos a hacer, es la época que nos ha tocado vivir.