No hubo ángulo por el que verte desaparecer

Ficción | Horror psicológico y corte retro


Ya sé que no fue buena idea dejarla a solas con aquel fragmento. Y es bastante probable que, si hubieses sido tú su acompañante en lugar de yo, no hubieses incurrido en el mismo error, no la hubieses dejado así con algo tan poderoso. De todas formas habría que haberte visto en aquella situación, todo hay que decirlo.

Ahora al mirar atrás, yo mismo me encuentro incapaz de encontrar una explicación sensata al hecho de haberla sometido a ese brete. Sin mor de exculparme, tiendo a pensar que alguna parte dentro de mí, quizá a causa de las visiones que el fragmento nos inoculó, intuyó lo que iba a ocurrir. Y que por eso me alejé de ella, o, mejor dicho, esa parte de mí nos alejó a mí mismo y a mi cuerpo de ella, para evitar que yo acabase como barrunto que ella acabó.

Desde esta forma de verlo, he llegado hasta a pensar que a través de la luz transfinita de dicho objeto yo podía haber vislumbrado, no sólo el pasado más remoto, sino también algún fleco del futuro. Y como siempre miré a través del fragmento junto a mi amiga, a lo mejor vi al otro lado del fragmento ese fleco tan concreto del futuro: el destino de mi amiga. Destino que, como ahora te iré contando, me temo que fue no poco funesto. 

De todas formas te aviso que para nada puedo asegurarte si lo que me hizo huir y dejarla sola fue una visión del futuro, porque nadie ha visto el futuro, o al menos nadie lo había visto hasta que este fragmento cayó sobre la Tierra. 

Pongamos que la experiencia sensorial humana es el producto de millones años exponiéndose al mismo fenómeno. Si nunca nos hemos expuesto al futuro amén de tangencialmente, ¿cómo vamos a saber nada de su olor o tacto? 

De modo que si lo vi, quiero decir, si de alguna forma pude concebir algo del futuro, fue de una manera completamente ajena a los sentidos con los que tú y yo, como nuestros semejantes y los arces e incluso el moho, contamos.

En suma: yo no pondría las manos en el fuego por que lo que ‘vi’ sea una instancia del futuro, y por eso lo llamo intuición.

Influye también en mi decisión la edad que cursábamos. No sólo me refiero a la edad que físicamente habían alcanzado nuestros cuerpos, sino también a la edad que había alcanzado la especie humana por aquel entonces. Para que comprendas mi decisión en suma índole, no creo que tenga sentido darte muchos detalles íntimos sobre las consecuencias que ambas edades nos habían infligido en mente y cuerpo, pero te puedes hacer una idea, y si no, te la harás. 

Andado el tiempo, majadas las pieles bajo el rodillo de los años, habrás de mirarte entonces a la entrepierna. Eso te dará una imagen bastante cercana a en qué momento de la historia de la Humanidad aquel fragmento cayó sobre el chatoide terráqueo. 

Antes de que empiece a narrarte la verdadera historia del fragmento y mi traición, déjame que te cuente que tiendo a estar de acuerdo en aquello que decían Les Luthiers: el cuerpo es la mente de la mente. Ante mi incapacidad de resolver esa paradoja, y para que postreramente entiendas por qué la dejé como la dejé, sólo puedo encomendarme a lo suficientemente vivida que tengas tu existencia como para que gracias a ello puedas opinar sesudamente, tengas la edad que tengas. Y a pedirte, si no es mucho pedir y parafraseando a José Luis Sampedro, que comprendas antes que juzgues.



Ella y yo, muy entrada la atardecida, decidimos despojarnos de la canícula alcanzando alguna alta cota donde pasar la noche al raso. El mismo comienzo de nuestro periplo ya fue de por sí un anuncio de que iba a ser una noche especial: nada más salir de casa y al enfilar las escaleras yo trompiqué, di la vela y llegué hasta el rellano nada menos que a golpe de nalga, escalón por escalón. A lo que ella soltó una carcajada cuando mi maletón siguió mi mismo reguero y acabó acariciándome la nuca con un golpe sordo. 

En ese momento nos pareció todo muy jocoso, pero se me hiela la sangre de pensar que sólo dos horas después yo estaría viendo la misma efigie de mi amiga desopilándose a mandíbula batiente, sí, pero en el lugar su terne rictus yo estaría viendo una calavera desnuda de la que colgaban pingajos de carne putrefacta. 

Porque luego más tarde, jugando con el fragmento, yo cometí el error de apuntar hacia su cara mirando a través de él. Y como parece ser que lo que el fragmento mostraba ‘al otro lado’ era la misma imagen que de normal verías, pero trocada en otro tiempo, yo a lo mejor estaba viendo cómo sería la faz de mi amiga pasadas las décadas: su futuro. 

No sabíamos si reír o llorar o sorprendernos. Estábamos callados, eso sí, y reír es lo último que podríamos hacer en una situación así. Te lo digo yo.

En medio de ese silencio sepulcral acerqué un poco el fragmento a su rostro y descubrí algo más. 

Aquellas rugosidades en la estructura ósea sobre sus maxilares desnudos me confundían. No tenía ante mí el típico hueso color blanco roto, ni tampoco refulgía sobre su superficie ningún tímido halo a lo fuego fatuo, de un verdor luminiscente como el que ilustraban las películas de serie B de aquella época (justo la noche anterior habíamos asistido al estreno de Los Cazafantasmas en el cine de verano Audicine). 

No, aquella osamenta estaba tiznada de un acre tan herrumbroso como el que adquiriría una pieza de latón dejada en el piélago de la orilla por décadas, víctima de la insidia de la bruma y el desinteresado goteo de los segunderos y los minuteros. 

¿Acaso lo que vi al otro lado del fragmento era una representación de lo que sería de mi amiga, no el día de mañana sino pasado un centón de años? Para nada: al principio no me di cuenta, pero acercando más el fragmento en un ara de microscopía, oteé algo que caía de su aro cervical. Era un collar, y eso no tenía ningún sentido a priori porque mi amiga nunca llevaba colgantes ni pulseras, y menos anillos. Todo porque, aludía, le hacían sentir como si alguien o algo le estuviese tratando de atrapar: más concretamente le hacían sentir como si estuviese casada, y para nada ella querría cometer el mismo error que cometió su madre. 

Y es que lo que a ella le gustaba realmente era vivir la vida padre. Pero, te lo confiero en petit comité, yo estaba tan quedado de ella que hubiese pasado por el altar ochenta veces si hiciese falta. Recórcholis, si para mí hasta el toque gélido de la muerte le quedaba divino. ¿Y no es quererse ciegamente e incluso convertidos ya en fiambre el significado intrínseco de la coyunda matrimonial? Yo me hubiese unido a ella carnalmente incluso si de ella quedasen sólo comistrajos y codos desubicados, palabra.


Javier Cansado, un humorista emergente en aquella época, decía que el humor hace el efecto de una especie de gafas por las que la realidad se filtra logrando que podamos concebirla de una forma más amable. Creo que ese objeto hacía un efecto similar, sólo que nunca llegué a entender si lo que se veía al otro lado hacía mi vida más amable o absolutamente indómita, tal es la dicotomía del placer y el dolor, refiriendo el Tao. 

Y es que verás, debido a las extrasensoriales propiedades y la ultra-definición de las visiones que ofrecía, yo podría decirte incluso de qué vértebra concreta de mi amiga pendía el colgante. Sí sí, justo lo que estás pensando, era como ver la radiografía de mi chorba, o de lo que ya hubiese querido yo que fuese mi chorba. 

A ver, lo siguiente te lo voy a contar para que entiendas hasta qué punto yo estaba coladito por sus huesos, pero de ninguna forma lo saques de este relato, por favor. Sé qué tú lo entiendes por todo lo que has vivido y por tus vergüenzas que no cuentas a nadie pero que sé que las tienes, y por las cuales, sea dicho, te he elegido para escuchar todo esto. 

Subrayaba Stanislaw Lem que las radiografías son el porno de los necrófilos, ¿entiendes ya por dónde voy? Bien pues lo peor no es sólo eso: sino que mientras aquella visión espectral me excitaba, mientras montaba la tienda de campaña, no podía quitarme de la cabeza el theme principal de la peli de los Cazafantasmas. Vamos, con decirte que humedecí la bragueta de sólo imaginármela a ella, deslucida en su outfit post morten, canturreando con voz de ultratumba esa parte de la canción que decía: «Si alguna vez se te aparece tu amorcito con las guisas de un espíritu jaquetón, no dudes ni un momento, llama a Los Cazafantasmas.»

Por la descripción que le di del colgante no cabía duda: parecía llevar el collar preferido de su madre, todo un losco diamantino con el cual la enterraron.

—¡Pero será mentecato el dichoso fragmento! —aulló ella llevándose sus huesudos dedos a una grieta en su sien—. ¿Me está diciendo este piedro astral que acabaré como mi madre cuando todo lo que hago con mi vida es tratar de evitar que se repita su historia?

—Err, no es por meterme donde me llaman, pero decía Jung que todo lo que negamos sobre nosotros mismos acaba convirtiéndose en destino… —le espeté. 

Y te pensarás que lo hice para ayudarla, como para calmarla o algo así. Nanay de la China, lo primero porque de todos es sabido que según la escatología religiosa del ‘valle de lágrimas’ (la que imperaba en la época) el lamento de los cuerpos podría ser eterno e irresoluble. Y segundo: si es verdad que casi todo lo que somos y seremos lo aprendemos por mímesis de las conductas que vemos en nuestro seno familiar, ¿no acabaría ella siguiendo los derroteros de su madre y aceptando casarse conmigo tarde o temprano? Agazapado en la sombra, cuan buitre heresiarca, yo no sería su amigo sino su predador. 

Tú ahora lo ves de otra forma, vives en los tiempos en que la mujer ya no es un objeto útil, en los tiempos en que la vida es celebrada como algo maravilloso independientemente de cómo o cuándo acabe, como quien lee El libro tibetano de los muertos y le evoca la misma joie de vivre que un tebeo de Ibáñez. Pero entiende que eran otros tiempos, ¿capichi? No, si ya, hay lógicas tan sencillas que se pueden dilucidar dentro de cualquier tiempo o era o Maelstrom de ideologías y prejuicios. Y la de la cosificación de las personas es una. Definitivamente no tengo perdón de Dios: tenía que haber llamado a Los Cazafantasmas.  

Lo del collar de su madre, así como otras visiones que nos brindó el fragmento y que a posteriori te contaré, nos llevó a pensar que lo que se veía ‘al otro lado’ de semejante artefacto extraterrestre era más bien una visión demasiado cierta del pasado. Lo que los griegos llamaban koinos kosmos: la realidad objetiva y sin tamizar por nuestra inevitable subjetividad. Y eso si es que el pasado y el futuro no son parte de la misma moneda, y el presente, en todo caso, el borde infinitesimal de la existencia. Pero ése es otro cantar.

 

Iba a ser una noche magnífica: buscaríamos algún recodo natural donde plantarnos, lo más alejado posible del fárrago urbanícola. 

Y allí, agasajados por la tregua y el temple de las noches de sumo verano, contemplaríamos el majestuoso visillo de la bóveda celeste hasta ir a quedarnos sopa. En el séptimo sueño, sin ningún miedo a las estrellas (pues están demasiado lejos como para hacernos daño), y siguiendo a Heráclito de Éfeso, abandonaríamos el mundo común para solazarnos pacíficamente en nuestro mundo más particular.

Pero antes teníamos que llegar allí. Y los coches de la época más que avanzar montaban un tantarantán que para qué contarte.

Ocurrió lo que tenía que ocurrir: a un tris de lograr remontar la aldeílla del Serval, a nuestro Renault 4L le dio un bajío y nos dejó vendidos junto a un cortijillo que parecía abandonado. Desde allí comenzamos el periplo vigilados por los últimos esfuerzos del atardecer. 

Después de dar más vueltas que un trompo, entre coscoja y matojo decidimos que montaríamos el tinglado, junto la Cascada de los Gigantes. Un sobrecogedor monumento natural cuyo nombre vernáculo nos transporta a los confines de la Tierra Media y puede que todavía más atrás, al mismo Gilgamesh. Situada entre los Castillejos y Peña Escrita, esta descomunal cascada forma parte la cabecera del río Jate, fluente hilo de vida del pueblo de La Herradura.

No recuerdo qué fue primero. Sin embargo, ahora intentando remendar mi consciencia la escena de la caída del fragmento, juraría que, antes que ver el cielo refulgir, vimos un reflejo astral en el agua, repentino.

No cayó el bólido muy lejos de nosotros. Así que dándomelas de machito protector proferí a mi amiga con voz queda: «Quédate aquí cariño, yo me encargo». Ocioso aclarar que estaba citando al pie de la letra una frase pero que muy lapidaria de una película hollywoodiense cuyo título ni siquiera era capaz de memorar. A lo que hay que añadir que la estaba dejando, literalmente, atrás. Y sola.
Sorpresivamente, aquella piedra, del tamaño de un puño y de un lustre parecido al de la pizarra sólo que de tono rosa cuarzo, estaba fría. Eso me permitió cogerla y llevarla conmigo. No tardamos mucho en empezar a juguetear tras descubrir sus ‘visionarias’ propiedades. Fue cuando te digo que logré ver a mi amiga convertida en un cadáver exquisito.

A continuación apunté hacia los peñones gemelos de Los Castillejos y vi a través del fragmento algo la mar de curioso: entre estelares fumarolas se solapaban, sobre los peñones, torreones y muretes que ya no estaban en el presente, pero que sí se erigían, justo en ese sitio, en el pasado. Y por eso los estaba viendo.

—Creo que estás viendo vestigios de los restos de la Fitna de al-Ándalus, la guerra civil que supuso el principio del fin del Califato —me comentó mi amiga tras mirar junto a mí a través del fragmento. Se había convertido en toda una luminaria de la arqueología desde que vio la primera de Indiana Jones—. ¿A ver?, ¿me lo dejas? 

—¿Para qué? Ten cuidado nena, podrías hacerte daño —y aun así, se lo ofrecí.

—No sé si lo sabes —me contestó cogiéndolo y mientras giraba sobre sus talones—, pero justo en el promontorio rocoso frente a los Castillejos, en Peña Escrita, también hubo una frontera o límite en plena guerra civil. Pero esta vez era otra guerra civil. La historia se repetía siglos después y de nuevo pagaban justos por pecadores: de nuevo personas que no habrían tomado partido en uno u otro bando serían expulsada de las tierras que les vieron nacer.

—No mires eso, corderito —exhorté quitándoselo de su mano con un revés repentino. Cayó al suelo.

—¿Qué haces, imbécil? ¡Se ha partido en dos! —se lamentó ella a voz en grito mientras se agachaba a por los dos fragmentos.

—Perdona, perdóname, no sé qué me pasa cuando se saca el tema de la guerra civil, será por lo que le pasó a mi padre… —traté de disculparme poniendo mis manos sobre ella, y se me ocurrió, una vez las tenía en su rabadilla, acariciarla. Y eso que hice. 

Me equivoqué.

Mea culpa, en vez de dármelas de machirulo afeando los femeniles arrojos a los poetas, tenía que haber otorgado y hecho caso al tito Juan Ramón: «¡No la toques ya más / que así es la rosa!». O al Gran Gabo cuando nos leyó la cartilla con aquello de que nuestro principal problema es que somos incapaces de amar sin antes tocar.


Acto seguido huí. La dejé completamente sola. Completamente. Tan sola ante el peligro como se quedaron los maquis (la guerrilla que luchó contra la Dictadura) cuando el frente soviético dejó de prestarles ayuda al prever que no había posibilidad alguna de victoria.

¿Por qué la abandoné? Ya quisiera yo saberlo.

Instintivamente eché a andar hacia atrás con este pensamiento en la cabeza: temía que el fragmento nos mostrase la verdad absoluta sobre los terrícolas y sus guerras. Ésa que habíamos estado tanto tiempo buscando y que evidentemente no habíamos encontrado, pues se seguían repitiendo. Temía que fuese verdad aquello que se nos había contado cuando éramos niños en el pueblo: que gente inocente fue encañonada en Peña Escrita. Otra vez, sólo que en este caso en vez de espadas fueron escopetas; y aun antes fueron piedras, mañana serán armas químicas. 

Temía ver que el ser humano tropezaba dos veces con la misma piedra a pesar de que la piedra tuviese el tamaño de la Cascada de los Gigantes (decenas de metros). Que aunque la presencia de la verdad sea tan evidente como un menhir incontestable, con ella que nos tropezamos otra vez.


—Espera, no te vayas, se me ha ocurrido una cosa: ¿y si solapo los dos fragmentos, uno sobre otro, y miro a través del combo hacia Peña Escrita? —me preguntó con un extraño ademán impulsivo en su voz.

—¡No hagas eso!, ¡no me parece buena idea en absoluto! —exclamé mientras seguía dando pequeños pasos hacia atrás—. ¿Y si vieses allí, al otro lado del tiempo y el espacio, el ‘ángulo muerto’ de la vida?

—¿A qué te refieres con ‘ángulo muerto’?

—No sé, lo he dicho un poco por decir. ¿No es así como denominamos al ángulo que no ves por el retrovisor y por culpa del cual ocurren tantos accidentes? No sé si tiene relación con lo que pueda ocurrir si haces ese experimento… —maticé dubitativo—. Pero me ha venido a la mente por una cosa que me contó mi padre a tenor de su experiencia en la guerra: 

»“Yo era una persona llena de ilusiones. La vida se abría ante mí como el abanicar de las hojas de un libro: llena de posibilidades de expansión y ansia por conocer y continuar. Pero tras aquello que experimenté en la guerra algo pasó dentro de mí, un témpano se quebró. El futuro dejó de interesarme y me era imposible emprender ninguna senda anímica. Nada me motivaba. Era como, sin darme cuenta y sin saber exactamente por qué razón intrínseca, hubiese logrado ver lo que hay en el ‘ángulo muerto’ de la vida. Y desde entonces ando pagando las consecuencias: una abulia existencial que quita el hipo.”  

—Ya entiendo —repuso ella—. Pero hemos de ser valientes. He de juntar estos dos fragmentos precisamente por lo que has dicho: hemos de afrontar lo que somos antes de que, por tal de tanto evadir la verdad sobre lo que somos, volvamos a repetir los mismos errores. Acuérdate de lo de Tejero, no hace mucho de eso: como si dos veces no fuese suficiente, no sería raro que ahora o dentro de decenas de años volviésemos a tropezar con una tercera piedra —terminó de decir levantando ambas manos, cada una con un fragmento. Y las manos se estaban juntando, apuntando hacia Peña Escrita. 

—¡Detente! Ya sé que está muy avanzado el siglo XX y que hemos avanzado en muchos aspectos, pero ¡todavía piensan algunos homínidos que los filósofos clásicos (de oriente y occidente) son un bluff al que ya no hemos de atender! 

»¡Todavía idolatramos masivamente a figurones pop que se las dan de filántropos mientras de tapadillo llevan vidas de magnates! ¿Te das cuenta?, ¡parece como si no hubiésemos aprendido casi nada desde los tiempos de Cleopatra! ¡Piénsalo detenidamente, quizá estemos en pañales! ¡Quizá sea demasiado pronto para averiguar la verdad última sobre el ser humano! —grité llevándome las manos a la cabeza.

Pero ella ya no era ella. Se evanescía su corporeidad cayendo en cascada por las eras y los eones, mientras empezaba a mirar a través de los dos fragmentos. Sus ojos se entornaron. Reconocí esa mirada porque era la misma que se le quedaba tras leer uno de sus libros de arqueología, sólo que esta vez era todavía más pronunciada: tenía los ojos inyectados de clamor por continuar, por conocer.

No dije nada más. Ni mu. Dejé de andar hacia atrás y me di la vuelta. Empecé a correr despavoridamente hacia abajo. Trotaba respirando entrecortados jalones de aire, y en cada aspiración llegaban a mi hipotálamo las efusiones de los matorrales de tomillo y romero que nos rodeaban. 

Quizá a causa de que mi percepción estaba extenuada por el estado de pánico, me dio la sensación de que aquellas plantas diminutas tomaban el papel de emisarios telúricos que me pedían a toda costa que me detuviese para ayudar a mi amiga. ¿Iba a ser tan horrible lo que iba a vislumbrar al usar los fragmentos de esa forma que incluso el monte mismo temía ser afectado? Pensé en lo de una guerra química, ¿se referirían a eso? Pero me escaqueé de lo lindo de nuevo, no quise ni asomarme a la verdad sobre nosotros, pensé que aquellos efluvios, de ser gritos, estaban provocados por el abrasador calor que se les había echado encima aquella tarde, y nada más. 

Porque no hubo más, no vi más. Desaparecí, desaparecí de la escena como un maldito cobarde. 


Nunca supe más ni de ella ni de lo que vio. Se le dio por desaparecida y tampoco se investigó mucho ya que ese tipo de desapariciones se estilaban mucho en la crónica negra de la época. En el diario Ideal leí que se achacaba el suceso al ‘sacamantecas’, un necrófago de medio pelo que tenía en vilo a nuestra península cañí al completo. Y con eso me quedé algo tranquilo: no me culparían a mí de dejar a mi amiga sola, que parece ser que era lo único que me importaba. 

Nunca le hablé a nadie de esto. Ahora tú eres la primera persona que sabe lo que pasó realmente. Te lo cuento porque, como te he dicho, sé que tienes algún pensamiento erótico bastante avergonzante (tu mente es lo suficientemente abierta como para entender una milonga de esta calaña). 

¿Y por qué te lo cuento justo ahora?, porque nuestro país parece abocado a otra guerra civil. La tercera piedra, el tercer fragmento de nuestra historia. ¿Quizá mi testimonio pueda aportar un granito de arena para así ayudar a evadir el conflicto? Ah, perdón: evadirlo no, afrontarlo. Eso. En fin, no sé ni lo que digo ya. Y llevas razón en que estoy contando esto demasiado tarde. No puedo estar más arrepentido.



Relato recogido en la antología El mar en las ventanas
(editorial Juan de Mairena)