Presentación de Crónicas de Arena de Andrés Cárdenas



Presentación de 'Crónicas de Arena' en el Palacio de los Condes de Gabia, el 28-4-2016, Acompañando autor Andrés Cárdenas y Fátima Gómez Abad (Diputada de Cultura, Memoria Histórica y Democrática).

Aunque Andrés y yo no nacimos exactamente en el mismo año, sé que hay algunas cosas en que estaríamos de acuerdo sin necesidad de preguntárselas. Por ejemplo, Andrés estaría de acuerdo conmigo en que existen pocos placeres como el de quedarse hasta el anochecer leyendo en la orilla de una playa granadina, más bien en septiembre, cuando la calima y también la oleada de bañistas van menguando. Quizá me replicaría: bueno Fran, puede ser, ¿pero qué me dices de leer el periódico a media mañana echando una cervecilla en un chiringuito granaíno?

Yo también estoy de acuerdo en aquello que él me dijo una vez sin yo preguntarle: que lo mejor de las presentaciones de los libros es poder compartir un rato con los buenos amigos. Por eso, cuando me dio la oportunidad de presentar sus ‘Crónicas de Arena’ no pude más que entusiasmarme: hablaríamos de chiringuitos, de libros, de periódicos, de nuestras playas y, por supuesto, lo haríamos acompañados de amigos. Todos los anteriores placeres se condensarían en alrededor de una hora, cómo no sentarse a deglutirlos.


Tuve la fortuna de leer muchas de estas columnas antes de ser publicadas, precisamente en alguno de los chiringuitos que Andrés transitaba en este periplo suyo, y con más fortuna aún, me topé alguna vez con él en su camino por ‘La Herradura’. Me ocurrió lo mismo con sus anteriores ‘Crónicas de la Alpujarra’, uno de mis libros preferidos de 2014 y que, como el que presentamos, volví a leer concienzudamente aún tras haber leído las crónicas mientras iban siendo publicadas en el periódico. 
Si vivimos en el tiempo de lo fugaz y la cultura del instante, ¿por qué volver a leer lo ya publicado?, y más cuando estamos hablando de textos “para todos los públicos”, es decir, supuestamente sencillos. Y más aún, hablamos de unos tiempos en que el lector de periódicos, como Andrés mismo detalla en la introducción, “no suele llegar al final de los textos o bien se salta los primeros párrafos”. Pero seamos francos, es casi imposible dejar alguna de sus columnas a mitad. Y es que en ellas hay mucho más que enjundia: se trata del sencillo pero a la vez instructivo estilo de Andrés, paradoja que hoy voy a intentar desentrañar presentándoos este libro.

La primera vez que escuché el título, ‘Crónicas de Arena’, se me vino a la cabeza aquel magnánimo ensayo de Borges, ‘El libro de arena’. En él acometía la no menospreciable treta de describir una biblioteca de infinitos libros, lo que podemos entender como la biblioteca que contiene todos los libros, los escritos y por escribir. La hazaña de Andrés no era tan presuntuosa, aunque igualmente loable además de completista: hacer un recorrido por hasta treinta playas granadinas, y a pie. Y en verano.

A pesar de mi afición por él, entiendo que a Borges se le haya denostado mucho por “perder el contacto con la realidad”, tanto que se le tiene por el principal auspiciador del género fantástico. Aquí es donde pretendo definir la pluma de Andrés, en contraste con lo borgiano, por ser capaz de ofrecernos el contacto más cercano con  la realidad que describe: lo que llaman periodismo, o llamaban.

Para ello, Andrés se vale de la mayéutica más simpática y esclarecedora: la cháchara con el dominguero, entre otras. Además, nos la brinda desde una perspectiva cercanísima. 

Confiriéndonos algunas claves “de tú a tú”, Andrés se pone de nuestro lado en estas crónicas y nos lo cuenta todo como si estuviésemos sentados con él frente a la cerveza o el carajillo. De nuevo, sus recursos para esta lid sin numerosos, y siguiendo la misma maniobra de honestidad, incluso alguno de ellos nos es conferido a lo largo del libro. 
Andrés confiesa, por ejemplo, que no hizo todas estas entrevistas presentándose como periodista sino haciéndose pasar por uno más. Así, junto a Andrés, podremos palpar la realidad de nuestras costas hasta el punto de sentir la canícula de la arena en nuestros dedos. Lo haremos acompañando a Andrés a través del mismo peregrinaje estival durante el cual estuvo escribiendo, como él mismo dice, bajo un sol que más bien parecía un secador que Dios se dejó encendido.


Lo anterior es sólo un destello de los divertidos momentos que pasaremos leyendo este libro. 
Otro genio de la literatura universal, Lem, discípulo de Borges, se lamentaba al final de su vida: “Qué diferente hubiese sido la historia del hombre si nos lo hubiésemos tomado todo con más humor”. ¿Hablaba quizá de Borges?, a quien, por cierto, no le recuerdo soltando ningún chascarrillo. Claro que, a diferencia de los de Andrés, me dejé algunos libros de Borges y Lem a mitad. 

Tampoco me dejé ningún libro de Eduardo Mendoza a mitad, y es que “¡Qué diferente se concibe todo al son de la sorna bien medida!”. Eso es lo que tiendo a pensar mientras leo a Mendoza, justo lo mismo que me pasa con Andrés, discípulo o bien congénere suyo: qué alegría nos dio verlos juntos en el Restaurante Chikito hace escasas semanas. Sonrisa que, por cierto, se transformó en carcajada al tiempo que leía su columna sobre la playa del Tesorillo. En ella nos describe a un bañista de peculiar guisa, y lo hace describiéndonoslo, literalmente, “con un bañador tipo Fraga en Palomares”.

Pero cuidado, hasta ahora sólo hemos hablado de una cara de esta moneda. Hemos hablado del humor o la sencillez, pero Andrés alude también la otra cara. Profundizando, no sólo nos señalará donde yacen soterrados los tesoros de nuestras playas, sino que además nos enseñará a desenterrarlos con tal pulcritud que lograremos identificar las efigies labradas en ambas caras de la moneda.


Óscar Wilde aseguraba que lo único serio es la pasión, otros dicen ahora que lo único serio es el humor, yo me pregunto, ¿por qué esta manía de relamernos las palabras en la boca hasta hacerles perder su sabor semántico? Decía Parménides que lo que es es y no puede ser dos cosas a la vez. De modo que la seriedad es la seriedad, inequívoco que en las crónicas de Andrés no pasa desapercibido. El autor nos hace perfectamente conscientes de que en estas calas y sus visitantes, como en la vida misma, por cada muesca de arena nos corresponde una de cal. Aunque, eso sí, estos asuntos más serios nos los lo logre transmitir con la accesible anestesia de su característico discurso. Andrés sólo nos inyecta la verdad, pero sin dolor.

De esta forma se abre en la obra un dique que deja discurrir la denuncia, el infortunio e incluso la exhibición de ciertas vergüenzas. 
Se intercala así ‘La nube’, el desastre natural de la Rábita que se llevó doscientos muertos por delante, con otras efemérides menores pero aun trascendentes: como son las catástrofes del urbanismo descontrolado, las plagas de medusas o, todavía peor, las de mierdas de perro. Esto es algo que queda también claro desde el principio, Andrés no teme ni al exabrupto si todo es en aras de defenderse y defendernos. De quiénes, no lo menciona, pero cualquier lector lo comprende: lo decíamos antes, Andrés siempre nos habla “de tú a tú”. Y como si las líneas de Andrés no fuesen suficientemente provechosas, todavía entre sus líneas podemos vislumbrar más. 
Es este el ara de sacrificio del periodista, el que quedó reflejado en el Territorio Comanche que Reverte escribió tras permanecer atrincherado en Yugoslavia. En este caso, Andrés se parapeta bajo un asfixiante retal de incontables sombrillas de marca Nivea, y desde allí nos brinda no menos que verdades desnudas sobre el estado actual de nuestras costas. Y de nuestras gentes, de nosotros.  
A diferencia de Reverte, que se valió de la ficción en aquella narración, Andrés nos relata con detallismo la pura, y a veces cruda, realidad.
Unas veces esta visión de la realidad nos llega en voces del urbanita, otras del lugareño, también a veces en la voz del propio Andrés, pero todavía el sondeo es más profundo: encontraremos menciones a viajeros empedernidos o consumados autores. Percuten estas últimas especial mella en nosotros mientras leemos las ‘Crónicas de arena’, porque Andrés no sólo nos habla del arduo arte de clavar la sombrilla sin perder la compostura frente a un mar de mirones, sino que también nos habla del alma, de los sueños o incluso nos infiere aquello que apuntaba Marzal sobre la escritura: este oficio de partir hacia un lugar sólo intuido en la bruma.
Mientras navegamos apaciblemente, consigue despejarnos la bruma para delinearnos la realidad que queda ante nosotros, esta es la magia “sencillamente profunda” que emana de los textos de Andrés Cárdenas y a la que vengo refiriéndome desde el principio. 

Al tanto, mentaré sólo aquel párrafo en que es capaz de condensar las greguerías de Gómez de la Serna junto a los discursos filosóficos de Pascal o Schopenhauer. Y lo estila con tal maestría que cualquiera podría entenderlo. Diré que sólo unas líneas antes de semejante meollo nos estaba hablando de un rimbombante cocinero de Playa Cabria… cuyo mejor ingrediente culinario es el cariño. Y que ni nos hemos dado cuenta de semejante tránsito expositivo. Y que, como si no fuese suficiente, sigue luego hilando la narración trayendo a nuestras playas, desde el otro lado del charco, a la figura del gran “Gabo”. Entre muchos otros.



Por lo dicho, y sobre todo, por lo que Andrés nos tiene que decir, ‘Crónicas de arena’ es, además de una detallada descripción realista de nuestras playas, un distendido y edificante relato. Un relato que ante todo logra conectar con las preocupaciones de las gentes a quienes está brindado, es decir, a nosotros. Y es que ‘Crónicas de arena’ es sobre todo un libro escrito por y para nosotros.
El lector está a punto de hincarle el diente a que un libro labrado por uno de los pocos cronistas que es como los de antes… pero que es de hoy, Andrés Cárdenas. 

Con la tecnología de Blogger.