Retomarlo donde lo dejamos

Ficción | De cómo nos vertebran los sueños


De esto estuvimos hablando cuando decidimos cambiar la forma en que asábamos las castañas. Hasta ese momento sencillamente las metíamos en el microondas. Pero paseando por un castañar nos habíamos encontrado a un tipo que nos aconsejó rajarlas antes, cocerlas luego y por último hacerlas a la leña en una sartén con pequeños orificios. El resultado fue asombroso.
            Era un pequeño cambio que apenas nos costaba esfuerzo, mas alteró muchas cosas para nosotros. De todas ellas, lo que más destacaría es la ilusión que nos dejó de que teníamos cierto control sobre nuestras vidas. No sé tú, esto a ti te puede parecer una tontería, pero al menos nosotros dos llevábamos una buena decena de años aterrados por la mera posibilidad de que no teníamos tanto control sobre el porvenir como pensábamos en nuestros años mozos. Padecíamos, o al menos habíamos padecido hasta aquel día, lo que en psicología antaño se habría llamado Indefensión Aprendida. No se refiere exactamente a a que no tengamos control alguno sobre nuestra vida, sino a que hagamos lo que hagamos no podemos alterar casi nada do nuestro destino: grandes esfuerzos  para consecuencias mínimas, altas expectativas para resultados nimios. ¿Te suena esto? 
            Desde luego, todavía a estas alturas pienso que la vida te exige mucho más de lo que te aporta. Por eso, aunque la escena de ambos poniéndonos tifos de cartuchos de castañas fuese de lo más bucólico, tuvimos que poner de nuestra parte para que supusiese un cambio trascendental. Y lo logramos a través de la palabra oral, que tampoco cuesta tanto. Una buena conversación precisa de lamigosa baba y poco más. Aunque espera, ahora que lo pienso, ¿alguien ha logrado fabricar baba humana de cero? De modo que el coste de una buena conversación está por determinar, todo es según se mire. A continuación te voy a hablar de qué tipo de palabras compartimos ese día.

 

—Así que hasta ahora no te habías dado cuenta de que la mayoría de cosas que has hecho en tu vida las hacías para prepárate para el encuentro con una chica... que prefieres no ver nunca más. ¿Y cómo es eso? —le pregunté mientras mondaba una castaña con muy dudosa maña.
            —No sé lo que prefiero. Sí sé lo que prefiere una parte de mí. A esta parte le hubiese pirrado casarse con ella y tener una vida ideal, vivir en una pequeña cabaña tundida en algún frondoso valle. Levantarnos cada mañana y jugar a Dungeos & Dragons (dando así rienda a nuestra afición por la dramaturgia) mientras desayunamos con pan recién horneado. Y luego lanzarnos a pasar el día cultivando nuestra propia huertecita hasta que el día se venciese cuando la luz cenital empieza a dudar. El enclave estaría rodeado por cristalinas fuentes que nos aportarían agua potable, agua que junto al Sol es lo único que en esencia necesitaría la vida para latir. He de añadir aquí el detalle de que los vegetales son silenciosas fabriquitas de azúcar que de tan sólo dichos dones atmosféricos precisan. Seríamos lo que cuando éramos jóvenes se decía veganas, ¿te acuerdas de aquello? Duró años y años hasta que aquel movimiento se desmontó al demostrarse científicamente que el Reino Vegetal siente y padece desde la perspectiva de la fisiognomización más supramental. Algo de lo que yo a veces dudo, en privado, eso sí, que si no me crujen.
             »Ah, y lo más importante: como el horno lo habríamos dejado cocinando cada madrugada, nos quedaríamos dormidas al arrullo del inigualable olor a pan recién hecho, abrazadas bajo mantas de franela, nuestros piececillos engarfiados a los de la otra para no perder ni una décima de calor corporal. Esta summa de placeres apuntaría tan en lo sublime que igual hasta se nos olvidaría tener sexo, al cual, para qué engañarnos, tampoco le haríamos asco. Además piensa que nosotras, al no precisar de falo, no tenemos que temer por la senecta pérdida del vigor. Podríamos darnos el lote hasta en el último día al final de nuestras vidas. Y con un poquito de empecinamiento y la suficiente enjundia lírica, todavía podríamos seguir amándonos de ese modo hasta que a punto esté de tocar a su fin el Cosmos.
            —¿Y qué os lo impidió? Me refiero, ¿qué os impidió empezar a construir vuestro sueño? Porque aquí nadie se chupa el dedo y todos entendemos que alcanzar algo así conlleva la lucha de toda una vida.
            —Sin embargo hay otra parte de mí... —prosiguió, y se detuvo—.
            »Mira, esto nunca te lo he contado. Ni siquiera se lo conté a ella. Me da un poco de reparo decirlo...
            »No sé por qué hoy justamente me atrevo por fin a contarlo. Creo que el sabor de estas castañas me está inspirando más de la cuenta...
            »Seré rápida: me daban ganas de cagar cada vez que la veía.
            —Bueno, a ver, no parece tan grave, ¿no? —añadí no sin cierta sorpresa—. Y menos ahora que nos hemos hecho mayores y no podemos prescindir de los pañales. Aunque claro, entiendo que por entonces...
            —Es mucho más complicado que eso —me corrigió mientras cogía otra castaña de su cartucho—. Ya sabes que yo no soy muy de ocultar las cosas, que ya en el insti yo declaraba mi amor a las zagalas sin reparo alguno y sin dejarme achantar por la represión de aquella época. Vamos, que yo se lo hubiese contado a ella, lo de la cagalera, pero si no lo hice es porque pensé, como supongo que te pasa a ti ahora, que no era tan importante. Que igual aquellas ganas de irme por las patas abajo tendrían que ver con la ansiedad que me provocaba tener que trabajar mientras estudiaba.
            »Pero un día hice una asociación extraña: ¿defecar no se parece demasiado a parir sino que hacia el otro lado? Un pensamiento de lo más estúpido. Pero me quedé dándole vueltas a eso y una cosa me llevó a la otra: asocié que mis ardores venían por mi amor por ella, más bien por mi desamor, y puede que por nuestra incapacidad para engendrar en coyunda. Daba igual que nuestras familias supiesen lo nuestro, que llevásemos nuestra libertad por bandera: la imbatible fuerza de la Naturaleza estaba en nuestra contra. Y ante eso poco podíamos hacer. Si acaso afrentarlo hubiésemos podido con el esfuerzo de toda una vida, que a veces pienso que ni eso.
            »Barajando lo de la oposición de la Naturaleza tomé por postulado lo siguiente sobre mi afección. 
            »Yo sería una cabritilla a punto de ser succionada por no sé qué gargantuesca criatura mitológica que representase el poder bióntico de los ciclos naturales. Y me cagaba de miedo cada vez que osaba enfrentarme a algo que estaba muy por encima de mis posibilidades. En todo caso podría haberme enfrentado a aquellas titánicas fuerzas si el sexo me interesase más, si hubiese podido al menos rendirle esa pleitesía a la Madre Naturaleza, pero como yo he sido siempre tan frígida en esto de las artes guarrindongas, la batalla la tenía perdida desde el principio. Me iba de baretas cada vez que trataba con ella.
            »Puede que esta asociación que he hecho te parezca un mojón de pato. Vale, a mí también me lo parece, como un disparate parece la vida cuando nos damos cuenta de que vivimos dentro de paradojas que pensamos lógicas y razonables.
            »En definitiva, si quieres acercarte a entender por qué me niego a hablar con ella a pesar de echarla tanta de menos, considera que había algo dentro de nosotras que nos impedía amarnos en profundidad, que es para lo que realmente estábamos destinadas. El resto de cosas que intentamos fracasó y fracasaría. Por ejemplo el sexo, como te decía, ha sido siempre algo secundario en nuestra historia. Y no había más tu tía que seguir el resto de nuestras vidas sin poder alcanzar nuestro sueño por más que lo siguiésemos soñando. Fin.
            —¿Fue por eso por lo que os dejasteis de hablar?
            —Depende de a quién le preguntes. Durante los pocos meses en que nos tratamos ella me comentó, por encimilla, que se metía los dedos para vomitar. Y también me fragüé una teoría tarumba al respecto. Atento. 
            »Una persona maltratando su cuerpo se asegura con ello de no estar nunca preparada para la cópula. En cualquier caso, nunca sabré por qué lo hacía. Imagínate que yo en el fondo nunca le gusté y que ella sí que padecía de ansiedad por su trabajo, que no pensaba apenas en mí. Y que desde entonces menos todavía ha pensado en mí.
            —Igual te quería sólo para llevarte al huerto.
            —Igual.
            —Mira, yo sé que no te gusta Freud, que patinó en bastantes de sus ideas, especialmente en las relativas a la feminidad. Pero telita con las cosas que acertó. Y uno de sus aciertos, para mi pensar, es esa hipótesis que brindó al conocimiento humano en la Introducción al narcisismo
            »A saber: el individuo vive una doble existencia «como fin en sí mismo y como eslabón de un encadenamiento al cual sirve independientemente de su voluntad». 

            »Te lo he citado un poco de memorieta según lo que recuerdo de la mención al concepto que Leopoldo de Luis hacía en su obertura a los Poemas de amor de Miguel Hernández de Alianza Editorial (edición de 1974). Pero te lo conciso con mis propias palabras para que lo entiendas algo mejor: una cosa es lo que el individuo quiere y otra lo que la especie quiere para ti. Según he observado, lo que la especie quiere del individuo suele ser una puñeta para éste. Porque a ella lo que le interesa es esparcir ADN caiga quien caiga, y si para eso tiene que destruir un cuerpo o exprimirlo, bien que lo hará. Y te engañará si hace falta para que pienses que estás haciendo lo que realmente quieres hacer, cuando lo que estás haciendo es lo que la especie quiere, y no tú. Así visto, la especie vampiriza al individuo para 'progresar' de una forma parecida a como lo hace el capitalismo, acaso no estemos hablando de lo mismo. ¿No te estará pasando algo así? ¿No nos estará pasando algo así?
            »Además, lo de los vómitos también está contemplando por esta forma de verlo, y enlaza con lo de la senda edípica, la mancebía, todo eso. Me explico. ¿Por qué, en origen, una persona que fluye a través de la vida se va a poner el dique de no dejar correr su libido, su sexualidad, lo más puro y a la vez lo más potente que ostenta? Porque alguien por encima se lo impide. Y tú no crees en Dios, ¿verdad? ¿Entonces quién se lo impidió? ¿En ofrenda a quién maltratamos nuestros cuerpos para que no puedan ser disfrutados por otros? ¿Y no me decías que ella estaba muy apegada a su madre? Como si mantuviesen una relación.
            »Y tú más de lo mismo. Por el ano no expendías detrito sino fragmento de tu cuerpo en sí, para que, una vez fuera de ti y en las cloacas, ella no pudiese disfrutarlo. Una lástima, porque tú siempre has estado potentona. Sin darle más importancia al físico de la que merece, eh, pero concédeme que estás para mojar pan todavía hoy. No lo digo por mis gustos, sino en general. Eh. A veces tengo la impresión de que eres un pétalo que se ha estado cerrando desde antes de llegar su primera y única primavera.
            —Ay de verdad —me tronchó repentinamente—, nunca me has parecido mal amigo del todo. Pero cuando te pones intensito...
            —No —interrumpí yo también—. No te tomes por loca, que sé que desde pequeña te han metido esa idea en la cabeza, probablemente también para que no te dejases fluir cuan río y todos sus libres regatos.
            »Lo que dices tiene un sentido desde la perspectiva de la razón. Esa división dentro de ti casa con el cuadro psicológico del que te hablo, aunque no sé si casa con lo de alumbrar zurullos que se hacen pasar por rorros al otro lado de la vida. Eso no lo he entendido —y le confieso a quienquiera que esté leyendo estas líneas que ni lo entendí entonces ni lo entiendo ahora.
            —Para eso tendrías que empezar a ver nuestros cadáveres como nuestra última defecación... —agregó ella.
            —Para, hija, para.
            —Paro.
            —Escucha, dame unos minutos y te hablaré sobre cómo veo yo esto de los sueños que persisten precisamente porque nunca nos atreveremos a cumplirlos —y al fin logré mondar la maldita castaña. Yo creo que me supo tan bien de todo lo que se habían excitado mis glándulas salivales al estar tanto tiempo a la espera.

 

Durante los meses en que os tratasteis, durante los meses en que os amasteis, o quién sabe si durante los meses en que sólo tú en aquel cortejo amaste, estaba muy en boga la película Call me by your name basada en el libro del mismo nombre de André Aciman (un tío simpatiquísimo). En ella, dos jovenzuelos cumplen el sogni d’oro de ver su amor de adolescencia más o menos consumado. Aderezada por una dirección artística que bebe ya de La vita è bella, ya de Cinema Paradiso, la cinta nos dejó tocados del ala a casi todos los que fuimos a verla cuando todavía había cines. ¿Por qué?, porque ya hubiésemos querido vivir una epopeya como la ahí retratada.
            Sin embargo, con un poco de microscopía que hagamos nos damos cuenta de que la historia está tiznada de una serie de detalles que no se ajustarían al plano de la realidad que habríamos vivido de lanzarnos a cumplir un sueño así. Una es que los personajes son homosexuales y habitan un microcosmos muy peculiar donde la homosexualidad no es vista como un problema. La contrariedad que trata el filme sería más bien la de la tardanza o la timidez al obedecer los dictados de nuestro corazón, independientemente del bagaje de represión sexual con el que carguemos.
            Poco más que mozuelos, en una hacienda de verano en la costa italiana, en plenos años 80, los personajes dan rienda a su más pervertido erotismo sin que eso traiga consecuencias demasiado severas. 
            ¿Dónde queda aquello que proponía Kierkegard, y yo le apoyo a pies juntillas en esto, de que en lo erótico, por más que lo aprobemos desde la estética y la moral, subyace siempre una angustia, esa dulce opresión de la que hablaran los poetas? 
            Y de esa forma casi todo el metraje: son tantas las peinetas que la obra hace a lo complicado de las relaciones humanas que podríamos hasta perjurar que son fallos de raccord, si no fuese porque todo ello es intencionado. No cabe duda por tanto de que nos hayamos ante una utopía. De nuevo, un sueño.
            En su ensayo sobre Edith Warthon, Jorge Freire (todavía más simpático que Aciman) nos lanzaba la siguiente cuestión: ¿quién es capaz de desafiar siglos de poesía de influencia petrarquiana? Esta pregunta podemos abordarla en el sentido de que todos en algún grado tendemos a ajustarnos a la idea del amor romántico, aunque a estas alturas de la película ya sepamos que en las tragedias pasionales de corte shakespeariano (que para el caso es lo mismo) muere hasta el apuntador. Y eso contando con que Freire describía el siglo XX en su obra. ¿Qué podemos decir del siglo XXI a este respecto?, pues que fue el siglo donde tanta gente quedó fulminada por Call me by your name. Mismo collar, y mastín.
            No es por tanto coincidencia que Aciman afirme que no escribe para cambiar el mundo «porque eso sencillamente nunca ocurrirá», sino para en algún grado disfrutar viendo a las personas luchar por sus sueños. ¿Pero qué sueños?, ¿qué tipo de sueños? ¿No hemos quedado en que en el amor romántico los sueños sueños son? A lo mejor lo que le gusta a Aciman es vernos fracasar, como quien se parte el ojete con una una recopilación de vídeos domésticos de gente resbalándose en la nieve. Oye, no te digo yo que no, hay gente para todo.
            Aplicándolo a mi caso, aplicándolo al caso de vosotras dos, ¿qué consecuencias puede traer esta película a nuestras vidas? Podemos seguir lo que propone, intentar cumplir un sueño utópico hasta darnos de bruces con la realidad, o podemos simplemente disfrutar una tarde viendo la peliculita de marras sin más profundidad, el arte por el arte, a nadie le amarga un dulce. Creo que me gusta más esa segunda forma de verlo, y todos contentos: nosotros disfrutando de la película y Aciman disfrutando mientras nos ve hocicar contra un suelo de plomizo hielo. Ello, además, nos convertiría a todos, los caídos y los soñantes, en un sucedáneo de poetuchos. Lo digo porque todo esto me recuerda a cómo Sánchez Barbudo veía a Machado, como alguien «con los ojos y el corazón disponibles para ver y sentir lo que se halla ante él». En un Universo tan rico y variado como el nuestro, ¿qué mayor riqueza que esa forma de mirar más allá de nuestras narices? Mientras tanto, Aciman (que fue broker de bolsa) engrosa sus arcas con el dinero de nuestros boletos para ir a ver su propio Nuovo Cinema Paradiso. Esto también lo decía Freire: el problema es que nos están exprimiendo en tanto a nuestras pasiones.
            No te pongas así, si digo que Aciman es simpático es porque realmente lo pienso. Parece un buen tipo, de verdad. No tiene remilgos en desnudar su vida privada si es en pro de ayudarnos con lo nuestro, con lo vuestro, y eso denota su noble corazón. Cuando publicó Find me, la secuela a Call me by your name, introdujo un elemento muy propio de la cultura mediterránea, una especie de ermita o muro de las lamentaciones donde todos, incluso los menos místicos o creyentes o intensos, nos paramos alguna vez a lamentar algo de nuestro pasado de lo que nos arrepentimos mientras nos acordamos de alguien que quedó como congelado en él. Y eso que al autor en cuestión se la refanfinfla la religión. 
            Los que más los que menos nos arrepentimos, consabido es, de no haber hecho todo lo posible para que una persona en concreto no yazca en nuestro pasado y únicamente en nuestro pasado. Cuando le preguntan si la obra es autobiográfica, confiesa que él también mantiene a alguien en esa situación, y que a veces se detiene frente a ese muro (que puede ser material o no) a soltar la lagrimilla tonta. Como en ese relato de ciencia-ficción donde el protagonista queda traumado de la culpa por dejar olvidada a su mujer en un agujero negro, más o menos a la altura del Horizonte de Sucesos, donde la rotonda de lo sempiterno cede paso a la rue ad perpetuam. Coño qué tino ¿no? Allí quedará atrapada para toda la eternidad.


Es cierto que este tipo de trances se repite de persona a persona, y que se ha repetido desde los anales de la Historia. Sin embargo, me da a mí que el éxito de Call me by your name está lleno de significado sobre los tiempos actuales: todo esto del amor romántico podría estar trufándose ahora más que nunca. Una vez acometido nuestro deicidio, necesitamos algo extra-mental en lo que creer, necesitamos una pasión superior que se parezca más o menos a la religión. Siguiendo a Pessoa en el Libro del Desasosiego: «Que nuestro amor sea una oración».
            No menciono ese libro al libre albur. Escrito con una caligrafía como de niño chico, lleno de tachones y espacios en blanco, por momentos parece una sarta de mamarrachadas de un neuroticismo de alto copete. Creo que nada más por eso merecía aparecer en una obra tan disparatada como la que aquí estoy redactando. Pero es que además hay otra cosa que tiene que bastante que ver con lo que aquí destilamos. Fraguado a principios del XX, nos retrata los devaneos existenciales de un pobre infausto que trata como mejor puede de ajustarse a una vida en la que, una vez denegada la eternidad, sólo queda soñar: «Desengañémonos, mi amor, de la vida y de las formas».
            Es asombroso cómo lo que Pessoa sufría en sus carnes concomita tanto con lo que los posmaterialistas esclavizados a Internet padeceríamos: «Estamos huecos de nosotros mismos», dice también, el muy cenizo. Y lo de Internet lo menciono porque siempre he pensado que el uso del smartphone, más o menos en el mismo sentido que la literatura y otros esfuerzos narrativos, es una forma como cualquier otra de soñar (me refiero ahora a los sueños que tenemos mientras dormimos). Pasaríamos, durante los años en que aún no nos dimos cuenta de lo que Internet nos estaba suponiendo para el Ego, algo así como la mitad de nuestra vida despierta soñando, enchufados a la máquina, y después, de noche, soñaríamos otras tantas horas, enchufados al Subconsciente. ¿Demasiado?
            Vive y deja vivir. Que cada cual se enchufe el sueño como le plazca sin hacer daño a nadie. Antes bien, estaba claro que la mayoría no tenía demasiado control sobre el dispositivo. Y otra vez volvemos a Pessoa: «El sueño es la peor de las cocaínas, por ser la más natural de todas». 
            De lo mejorcito que he escuchado sobre el smartphone es lo de que representó el nuevo rosario. Rosario porque nos mantenía conectados a 'El Altísimo' en todo momento, algo a lo que el propio Pessoa llamaría una ficción social, que es el término con el que refería todas las paparruchadas que nos inventásemos para suplir la idea de Dios, idea que, como apuntaría Stanislaw Lem, es tan necesaria como imposible. Reincidiendo en el freudismo podríamos sostener, aunque en terendengue, que la tecnología, mucho más necesaria para los intereses de la especie (o el Subconsciente) que para el individuo, funcionaría como «un encadenamiento al cual servimos independientemente de nuestra voluntad». 
            Todavía quiero elaborar cuatro párrafos más antes de acabar este apartado.
            En el primero suelto al aire una pregunta que el poeta portugués rubricó en esos manuscritos: «¿Quién sabe si los paisajes de mis sueños no serán sino mi modo de no soñarte?» Salta a la vista, en primer lugar, que pretendo conectar esto con la tendencia que tenemos a caer en adicciones (Internet, soñar, las obras de André Aciman) por tal de evadirnos de nuestra realidad, ya sea cuando detestamos nuestra realidad ya sea cuando sencillamente no queremos afrontar lo que precisamente deberíamos afrontar. Pero también salta a la vista ahí que hablamos de alguien que vadea las áreas límitrofes entre nuestra vida y su sueño. ¿Es ese alguien la misma persona que añoraba Aciman apoyado contra aquel muro del que hablábamos? ¿No responde ese alguien a esta chica de la que me estás hablando y cuya ausencia ha condicionado toda tu vida? ¿Es posible que hayas estado toda una vida evadiendo, adicción tras adicción, asimilar que has estado luchando en vano por muchas cosas superfluas en la vida, cuando en el fondo lo que necesitas es luchar por lo único por lo que dejaste de luchar? ¿Será posible que tu sueño de compartir tu vida con ella haya superado a tus sueños de infancia, o es que hablamos de la misma cosa? «Niño, cadáver dentro del adulto», encontré también en el Libro del Desasosiego.
            Por un lado dices que la odias, por otro dices que la añoras. Eres capaz de un día pensar «No quiero saber nada de ti» para al siguiente día pensar «Sólo quiero darte todo mi amor». Entonces dime, de esas dos vertientes dentro de ti, ¿cuál es la real y cuál es la soñada? ¿Cuál atiende a las peticiones de la especie y cuál al individuo que eres tú, separado de la especie? ¿Te parece complicado diferenciar todas esas partes? Pues yo, ahora tras nuestro repaso a las obra de sendos autores, lo veo sencillísimo. Al tanto de esto voy a compartir contigo dos párrafos más, a ver si así lo ves por ti misma de una vez por todas. Venga, tú poquito a poco.
            Que me aspen si recuerdo en qué ensayo sobre Borges encontré algo que, aunque no venía de boca del mismo Borges, sí que es borgiano hasta las trancas. Que podríamos ver nuestra vida como una obra que otros escribieron y que estamos escribiendo. Y añadía, y aquí la clave: nuestra vida es además de eso una obra en la que otros nos están escribiendo (a nosotros en ella). Y si te parece que las Humanidades no son suficientes para definir o precisar nada, digámoslo en palabras de Sagan: somos Cosmos reflexionando sobre el Cosmos. Eso es una respuesta muy clara a la pregunta de Jorge Freire, que por otro lado parecía ser retórica: si hay quienes están escribiendo nuestra propia vida entonces nadie puede desafiar siglos de poesía de influencia petrarquiana. Luchamos por lograr, nos demos cuenta o no, la dolce vita que nos propone Call me by your name. No es que nos sintamos identificados por la obra, es que somos su misma identidad, vivimos dentro de ella. Esto también nos puede llevar a dilucidar lo siguiente: ciencia mediante o durante, podemos racionalizar todo lo que queramos el amor, que él siempre podrá volvernos majaretas, si quiere. El amor pasional, como la misma locura, parece una semilla caótica añadida adrede al caldo de nuestra psique vestigial. Así se asegura la especie de que haya gente para todo y de que nadie se esfume del chatoide terráqueo sin hacer el canelo. Por eso todos nos veríamos reflejados en la obra de Aciman, y de Miguel Hernández, porque todos respiramos en algún momento por las tres heridas hernandianas: la del amor, la de la vida y la de la muerte. Aleixandrinamente se suele entender el amor como trágico, empero mediante las obras de arte (que la tragedia del amor subliman) podríamos trascender aun prescindiendo de la idea de Dios. «Moriremos como el pájaro, cantando», Viento del pueblo, verso uno del poema Veintitrés.
            He dicho obras de arte, pero podríamos referirnos sólo a una: la única. En un ensayo sobre Borges, Darío González destaca ese 'gran libro circular de tomo cíclico' del que se nos habla en La Biblioteca de Babel, «el compendio perfecto de todos los demás [...] Ese libro es Dios». La buena noticia es que si le hacemos caso a Platón, a Schopenhauer y a Élide juntos, los tres mosqueteros a quien Borges pretende correligionar en su treta mística, este libro que escribimos (y en el que nos escriben) podría ser algo así como eterno. Cita para convencernos de ello esa frase de Shelley: «Todos los poemas [...] son episodios o fragmentos de un poema infinito».


Al final acabamos jugando a Dungeons & Dragons ella y yo solos, a mediados de noviembre. Fue en el día en que probamos aquellas castañas cuyo sabor cambiaría tantas cosas. Después de comer dimos un paseo hasta que vimos las lumbres del atardecer empezando a ser sofocadas por cuarterones de nubes negras. Eso y una tormenta de aire eran promesa de una fuerte nevada que se acabó cumpliendo sobre nosotros. No llevábamos gorros ni guantes, así que tuvimos que resguardarnos antes de que la neviza nos congelase las napias y las manicas.
            Por lo que se comentaba en el lugar, esa noche la cota de nieve subiría mucho. Yo le sugerí a mi amiga que se quedase a dormir, ya que lo más probable es que los ventisqueros en el arcén colapsasen sobre la pista forestal que llevaba a mi cabaña. Fue lo que acabó ocurriendo, sin ir más lejos. Menos mal que se quedó.
            Preparamos un caldo caliente y salteamos unas mazorcas en una plancha de piedra a lo largo de la cual habíamos tendido una cama de sal aromática del Himalaya ese. Y encima de todo, derretimos mantequilla y mayonesa. 
            Luego de cenar y lavarnos las manos con decoro, extendimos un mantel de tonos crema a lo largo la mesa de madera de roble. Lo habíamos desenrollado con el mimo suficiente como para que ninguna arruga alterase la superficie, pues sobre ella colocaríamos el tablero, los muñecos, los lápices y los libros. Prendí unas velas y un incensario. Ya estábamos listos.
            Justo antes de empezar, nos miramos con aguardentosa complicidad: se nos caía la cara de vergüenza. Mientras nuestros amigos del instituto estaban ahora vete tú a saber dónde criando niños, nosotros cumplíamos nuestro pueril sueño. Coloqué el primer muñeco sobre la loseta de cartón pluma, que representaba una mazmorra que ambos habíamos pasado horas modelando... mientras ellos se pasaban trabajando incluso los festivos por no sé qué bien superior. Entonces, muy metidito en el papel de dungeon master, y para hacernos parecer todavía más caricatos de lo que ya parecíamos, solté un latinajo que sonó a hueco en el salón de la cabaña y que daría el pistoletazo de salida a nuestra decadente partida. «¡¡¡Incipit vita nuova!!!»
            Ella no pilló muy bien por dónde iba mi dictum, para colmo de mi pedantería. Como deberías saber, fue lo que Dante dijo al ver por primera vez a su Beatriz, y yo quise con ello más o menos decir: ¡¡¡Aquí de esta unidad entre tú y yo nacerá algo vivo, algo nuevo!!! Evidentemente, quería referirme a que al menos esa noche no necesitaríamos de aquellos nuestros compañeros quienes, aunque decenas de años atrás se habían mostrado interesadísimos en jugar con nosotros, nos habían ido abandonando progresivamente para ir emprendiendo quehaceres más adultos.
            Eh, no nos tomes por haraganes, que nosotros también participábamos de ellos. Tuvimos trabajos medianamente serios, habíamos cuidado de niños ejerciendo alguna vez de profesores, etc. Sin embargo, éramos los únicos que aún habíamos mantenido el gusanillo de pintar muñecos, hacer escenarios e inventar historietas de fantasía chirripitifláutica. ¿Por qué nosotros sí y ellos no? ¿Por qué ellos no y nosotros sí?
            El debate se volvió muy interesante cuando, más o menos a la par que aparecía Call me by your name, saltó a la palestra la teleserie Stranger Things. Ambas iban muy en la misma línea, especialmente en lo referido a sacar rédito del filón de la nostalgia, tanto la de la infancia como la de épocas anteriores al siglo XXI, siglo en que, sea cierto o no lo de que todo tiempo pasado fue mejor, la umana commedia que nos tocó vivir empezó a declinar en lo relativo a su alegría y afán por cumplir los sueños.
            Stranger things comienza con unos chaveas jugando a Dungeons & Dragons, pintando a un grupo que perfectamente podría haber sido el nuestro del instituto, jugando al mismo juego y prácticamente en el mismo año que la serie rememora. Uno de nuestros compis, al ver el capítulo, propuso que volviéramos a jugar al juego como habíamos hecho lustros atrás. Mi amiga le dijo que se olvidase, que era una engañifa, que nos la meten doblá siempre en el mundo del arte, que para empezar no éramos niños y no seríamos capaces de volver a enfrascarnos en nada con esa algarabía, que al lugar donde fuiste feliz no debieses volver, que lo más sensato para el adulto es aceptar cada fase como viene y no hacer trampas (pues siempre te pillan y pagas las consecuencias), que si patatín que si patatán.
            Como ya te he contado, ella y yo nunca dejamos de jugar a Dungeons & Dragons. Entonces, te preguntarás, por qué mi amiga le mintió largándole esa retahíla. Yo también me lo preguntaba. Me dio una explicación comparándolo con quienes se las dan de adultos durante la adolescencia y luego, ya talluditos, se emparejan con gente mucho menor que ellos para intentar recuperar el tiempo perdido.
            Me explicó que en esos casos el daño emocional que acaba sufriendo el mayor de la relación suele ser clamoroso. Estar en una relación amorosa con alguien mucho menor es la única forma sentirse viajando al pasado,  uno de los sueños más altos de toda la historia de la Humanidad. Pero luego hay que pagar las facturas del fastuoso viaje, el cual, como todos, llega a su final. ¿El revisor que te amonesta en el tren?, armado con depresiones recalcitrantes, Síndromes de Peter Pan y de Wendy, cuadros de ansiedad generalizados y síncopes que no sabes ni de dónde te vienen.
            En efecto, la respuesta de mi amiga había sido una mentira piadosa. Tenía mucho aprecio a nuestro compi y ni por asomo quería que él pasase por ese tipo de episodios mentales que padecería tras volver a jugar con nosotros. Por una lógica sencillísima, sólo quienes no habíamos abandonado del todo el paraíso podríamos recobrar lo que en el fondo seguía siendo nuestro. O al menos así fue durante aquella noche en que los muros de cabaña nos separaban del otoño, mientras los dados rodaban por la mesa y los dulzones efluvios de las mazorcas recién cocinadas escarbaban y encontraban algo, no sabría decirte muy bien qué, en los recodos más blanditos y esperanzadores de nuestras zonas mesolímbicas.

El psicoanalista José G. Guerrero mantiene una idea bastante curiosa sobre cómo nuestro cerebro fabrica los sueños mientras dormimos. Lo haría  valiéndose de una especie de estudios de cine capaces de superar en calidad, profundidad y poder evocativo a todo Hollywood y Bollywood juntos. Y una de las cualidades de tan soberbio metraje es la de que no necesita ordenar las escenas de forma lineal como lo hacemos nosotros, sino que a base de hacer trizas nuestros recuerdos mediante analepsis, raccontos y prolepsis de gomaespuma, es capaz de endosarnos verdades sobre nuestra existencia mucho más significativas y rotundas que las que normalmente percibimos despiertos.
            Está bien la idea, y casa con aquello que decíamos de que el arte y la tecnología, su brazo poligráfico, sirven para 'ampliar nuestra fase de sueño'. Una idea muy del rollo lo que mostraban Amenábar en Abre los ojos y Ward en Más Allá de los sueños, pero ese es otro tema. Ahora estamos rumiando sobre si recordamos de forma lineal o no. El caso es que aquí hay algo que, como estudiante de informática, se me escapa. Empollando Sistemas Operativos me di cuenta de que lo único que accede al 'recuerdo' (la información) de forma secuencial o lógica es un dispositivo de memoria informático (un disco duro, pongamos por caso). Todo lo demás, incluida la memoria humana, funciona de forma 'cuasi-azarosamente salteada'. Ay, que me da la risa. Ay, que me no me puedo aguantar. Que sí leches, que es broma, que yo no descubrí eso, qué coño voy a descubrir yo ni qué ná. Que eso queda muy claro ya con lo de la magdalena de Proust. Un solo olor es capaz de transportarnos a la infancia, desafiando así la idea secuencial que tenemos de la vida y el recuerdo. Y eso es algo que sabrá muy bien Aciman, experto como pocos en Proust. No es casualidad.
            Pues eso es lo que nos pasó esa noche jugando, en la que por cierto nos reímos a mandíbula batiente imitando a los enanos y los trasgos, los más picuelos de nuestro reino de fantasía, poniéndoles la voz de Rocío Jurado, por contra la más grande. ¿Que qué nos pasó?, que viajamos al pasado por nuestra cara bonita, sin tener que pagar ningún gasto extra. Fuimos los revisores de nuestro propio viaje.
            Esa velada, algo se disparó en la mente de mi amiga y le permitió volver en sí y resolver parte del rompecabezas con su ex. Esto... No te quiero engañar, durante la partida no pasó nada extraño, nada más extraño que lo de aquel orco que se bajó los calzoncillos y nos hizo un calvo, digo. Lo extraño, o lo maravilloso, ocurrió después, durante el sueño, o al despertar a la mañana siguiente, yo qué sé ya. ¿O quizá ocurrió todo a la vez? Dejemos que ella nos cuente:


Me sorprendió mientras preparaba el desayuno, pues dada la bajada de temperaturas le pedí que se quedase en la cama, adonde le llevaría el desayuno. Entró a la cocina vestida con el quimono de seda que le había prestado a modo de pijama. Le quedaba holgadísimo, la verdad es que daba el pego como una delicada emperatriz de cuento de hadas. Excepto por la cadera, que lucía abultada debido a los pañales que llevaba bajo el vestido y que no se había quitado desde ayer, por si acaso. Eso le hacía parecer una oronda luchadora de sumo. Lo cual no rompía el conjuro, no al menos para mí, a mí siempre me han resultado seductores los contrastes inesperados de los demás.
            —Por cinco minutos te me has adelantado, me queda nada para terminar de hacer las tortitas —le dije mientras retiraba la sartén del fuego.
            —Tenía que venir a contártelo cuanto antes. Acabo de soñar algo increíble... —dijo sin distingos de tono, como si desde sus cuerdas vocales no pendiese un cuerpo sino su momio.
            —¿Qué has soñado?
            —No sé lo que he soñado, pero la sensación que me ha dejado el sueño es la de... Valentía.
            —Ah, sí, de eso no hablamos ayer. De que los sueños que más condicionan nuestro proceder podrían ser los que no recordamos —le replicaba con esas palabras mientras echaba caramelo en las tortitas, a lo que salpiqué sin querer, y un goterón me saltó al pantalón—. Tiene mala fondinga la cosa, ¿no recuerdas nada de nada?
            —La recuerdo a ella. Me temo que ella estaba en el sueño —siguió contándome en el mismo tono.
            —¿Y valentía en qué sentido? —pregunté mientras intentaba taparme el lamparón en la entrepierna bajándome el camisón. Con la pachorra con la que se había levantado igual ni se había dado cuenta del desmán.
            —Creo que entre las conversaciones de ayer y lo que he soñado... Estoy preparada para ir a buscarla hoy mismo. Si no estuviese la carretera como está... yo...
            —Niña, niña, cálmate —le corté—. Anda, siéntate y come algo. Recuerda que hasta que no probamos bocado no despertamos del todo. A ver si vas a decir algo de lo que te arrepientas.
            Se sentó, cogió un cuchillo y con toda la parsimonia del mundo lo sumergió en la plasta de caramelo. En teoría estaba intentando cortar la tortita.
            —Jamás pensé que nuestro plan de ayer acabaría así. Desde luego, no estaba en nuestros planes trastocarnos a nosotros mismos de esta manera. Siento que soy una mujer nueva. Ese eco me ha dejado el sueño.
            —En eso estoy de acuerdo contigo, cómo se nota que las neuronas de tu estómago están empezando a funcionar —señalé mientras me sentaba yo también—. Y puedes verlo todavía en más profundidad. Los seres humanos trazamos planes y planes en el plano de la realidad muchas veces ajenos a la realidad verdadera de los sueños, que tanto nos condiciona. En Solyaris, Tarkovsky establecía algo que viene al pelo: nos pasamos la vida diciendo 'te quiero' a nuestros amores sin saber a ciencia cierta en qué carajo consiste el amor a dónde nos lleva, a nosotros o a la especie o a tu prima la de Móstoles.
            —No me atrevería a dejarme ver. En todo caso la llamaría por teléfono. No quiero que nadie me vea así, con estas pelanas... —me soltó de pronto, y lo hizo con la boca llena. De verdad que parecía una mujer nueva, lo que hasta ahora podría parecerles a muchos una señoritinga refinada parecía ahora una amazona empoderada. Lástima que sus palabras hablasen de lo contrario.
            —¿Qué pelanas ni qué pelanas?
            —Me parece que fue un error no echarme aquel producto científico que te tintaba de negro las canas para toda la vida, como han hecho prácticamente todas las mujeres de mi época.
            Aquello me preocupó. Respondí a salto de mata, hosco y sin pensar demasiado en las consecuencias de lo que iba a decir.
            —Yo también te he ocultado cosas todo este tiempo.
            —Dime, no tardes —me inquirió todavía con voz queda. 
            —¿Recuerdas aquello que solté ayer de Dante al ver por primera vez a su Beatriz? Digamos que la unión que él proponía era carnal, no la de una amistad al uso...
            What? —preguntó con toda la boca abierta. Menudas bigoteras cuajadas de caramelo me tenía.
            —Haya paz, no te estoy haciendo ninguna proposición indecente. No pienso ultrajar nuestra amistad. Lo que quiero confesarte es que pelo cano me viene poniendo cachondo desde un tiempo a esta parte. Y en eso es en lo que pensé justo cuando nos quedamos a la luz de las velas.
            —Sigue contándome.
            —Envías un mensaje que te diferencia de muchas personas: el de entereza. Y yo he llegado a un punto en el que sólo me interesa estar rodeado de gente que me nutra de ese valor humano, el único valor, por otra parte, que me mantiene vivo a estas alturas de la broma cósmica que es la vida. ¿Y qué es lo que nos mantiene vivos sino la libido? El pelo entrecano me pone cachondo no, el siguiente nivel.
            —No te flipes —me contestó la amazona comensal, admonitoria—, ya sabes que a ti no te tocaría ni con un palo.
            —Lo sé. No pienses en mí, piensa en tu sueño. La mayoría de los sueños jamás se cumplen. Pero seamos francos: algunos sueños sí que se hacen realidad.
            »Y piensa en ella. Ella a lo mejor lo ve como lo veía Anaïs Nin, quien sostenía que hay dos formas para llegar al corazón de alguien, mediante la imaginación y mediante los besos. Pero hay una jerarquía, los besos por sí solos no bastan.
            »Esa chica, una mujer ya, de estar viva a estas alturas ¿cuántos años tendrá? ¿Tú de verdad crees que estará preocupándose por tu físico? ¿Te importa acaso el suyo?
            —En absoluto. Ya nada más me importa. Sólo quiero darle todo mi amor...
            »Ains... —esta vez sí que avivó el tono—. ¿Y si ella ya no está viva? O peor que todo eso, ¿y si ella, estando viva, me prefiere muerta?
            —Déjate de sandeces —le convine—. Ahora ya sabes que no estás sola en esto.
            —Va, ¿sabes? Me voy a lanzar. Ya lo he resuelto en sueños. Ahora voy a resolverlo en el plano de la realidad.